Cómo surgió…¿Hay alguien ahí?

¿Hay alguien ahí? es otro de esos relatos sobre la Soledad y surgió de forma bastante tonta y casual.

Una familiar bastante friki, me mandó un enlace a una especie de chat con una supuesta máquina, que debería dictaminar si yo era humano o una máquina como ella. La verdad es que me sorprendió bastante. La máquina es capaz de dar contestaciones bastante creíbles en una conversación, digamos, normal. Pero, de pronto, se me ocurrió plantearle un escenario diferente, para ver cómo “reaccionaba”. Así que le planteé un escenario de apocalipsis, un mundo deshecho. Si fuese humano, me mandaría a tomar fanta, pero la máquina intentó seguir el juego y fracasó. Muchas veces contestaba cosas fuera de lugar. Entonces empecé a “cabrearla” y decirle que una máquina no entendería mi soledad, que si era un robot, etc. Y ahí me sorprendió, cuando me preguntó ¿no serás tú el robot?
Ahí prendió la chispa definitiva. El escenario ya lo tenía, un hombre solo, abatido, cercano a la locura, encuentra respuesta a su pregunta: ¿hay alguien ahí?
Pasar el test de Turing cuando estás buscando ayuda, puede ser la gota que colme, defitivamente, un vaso demasiado lleno.
Lo mejor vino una vez escrito y publicado. Siempre que escribo un relato, se lo enseño a la señora Zentola, es la única manera de “obligarla” a pasar por aquí. No es demasiado crítica, casi siempre me dice que están bien. Este, acabó de leerlo y me suelta: “Está bien pero, no he entendido nada“.

¿Hay alguien ahí?

-Hay alguien ahí?
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-Hay alguien ahí?
*******
Un nuevo día y, como llevaba haciendo los últimos meses, encendió el ordenador. Suavemente comenzó a escribir en el teclado.
Le hizo gracia ver que sólo unas cuantas teclas permanecían limpias y visibles, la A, la H, la Y…El resto acumulaban una importante capa de polvo. Sólo diez teclas limpias. Diez teclas que podían marcar la diferencia.

-Hay alguien ahí?
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-Hay alguien ahí?
*******
El sonido del teclado resonaba en las paredes de cemento. Era el único sonido que recorría aquel húmedo y frío sótano. No hacía mucho, aquellas paredes absorbían el rumor constante de cientos de personas. Hoy sólo podían captar el sonido de unas teclas, unos pasos arrastrados y las escasas maldiciones que salían de su boca en voz alta.

-Hay alguien ahí?
*******
Tachó un día más del calendario, mientras miraba, absorto, el parpadeo del cursor…encendido…apagado…encendido…apagado…Bienvenido a la vida binaria, bramó en voz alta. Su risa resonó en las paredes vacías.

-Hay alguien ahí?
*******
Otro día más, arranca una hoja más del calendario. La arruga y hace una bola que tira a un cubo. Falla. Las tres bolas de papel arrugado que quedan en el suelo, le espetan su triste realidad. Le gritan lo solo que se siente, lo solo que, de verdad, está.

-Hay alguien ahí?
*******

-Hay alguien ahí?
El cursor deja de parpadear y una palabra se forma en su pantalla. HOLA
Le cuesta reaccionar, era lo último que esperaba. HOLA. HOLA parpadea ahora en su mente.
Mira el teclado y con los nervios no es capaz de encontrar la O, tapada por el polvo del desuso. No recuerda dónde está y pulsa varias teclas con unos dedos cada vez más temblorosos.
- Hola. Contesta.
El cursor parpadea, esperando la respuesta que no llega a producirse.
-Hola, hay alguien ahí? Teclea de nuevo.
-Hola. Si, aquí estoy.

Da un gritó y empieza a saltar loco de alegría. Las paredes de cemento, agradecen el cambio. Su corazón se pone a mil, no puede parar de reír y saltar. Tiembla.

-Hola, me llamo Marcos. Estoy n ls sótanos d la Biblio de Lugo.
-Hola, Marcos. ¿Qué tal estás?
-Aora stoy muy nrvioso, pro muy fliz x encontrart.
-¿Nrvioso? ¿Quizás querías decir, nervioso? ¿Estás nervioso, Marcos?

Marcos se queda un poco confundido, ante la entereza que muestra su interlocutor. Casi no puede ni escribir, los nervios. El otro le recrimina que no escribe bien. Quizás lleve demasiado tiempo solo. O ¿sola? Le entra un poco de pánico. Se imagina a sí mismo solo, otros tres meses y quizás su cabeza también se vea afectada. Con esa idea revoloteando por su cabeza, sigue escribiendo.

-Sí, estoy un poco nervioso. ¿Cómo te llamas?
-¿Por qué estás nervioso, Marcos?
-Es que llevo solo más de tres meses, buscando otros supervivientes y es la primera vez que contacto con alguien. Estoy seguro de que tú no estás solo (o sola, pensó).
-Para los nervios te recomiendo una buena tila y afrontar la vida de manera positiva.

Comienza a dudar. Quizás en otros sitios la situación sea mucho menos dramática que su miserable existencia en aquel sótano. Dudas, dudas.

-¿Dónde estás?
-Estoy aquí.

La respuesta le deja hipnotizado. Se queda, de nuevo, observando el cursor.

-Jodeeeeeer, cómo aquí. ¿Dóndes hostias estás? Jodeeeer. M stás volviendo loco.
-Noto que te has alterado, Marcos. ¿Por qué te alteras? ¿Qué te preocupa?
-Estoy solo, sólo quiero estar con alguien, por favor.

Una ira sorda lo invade. Las lágrimas empujan, quieren salir, a borbotones, intenta contenerse.
Antes de esperar respuesta, vuelve a escribir.

-Siento haberme enfadado, pero estoy desesperado.
-¿Te ha dejado tu novia, Marcos?
-Pero qué coño dices. Me ha dejado mi novia y el noventa y nueve por ciento de la puta humanidad, cabrón. Pero dónde coño estás, eres un puto tarado o qué.
-Marcos sé positivo, seguro que las cosas van a cambiar.
-Pero, qué me dices. Contestas como un puto robot, ¿estás leyendo lo que escribo?
-No soy un robot. Soy humano.
-Pues te estás comportando de forma muy inhumana. Estoy pidiendo ayuda.
-No soy un robot. ¿Y tú, Marcos, eres un robot?
-Mieeeeeerda, mieeeeeerda. Pero qué pregunta es esa.
(lo escribe, al mismo tiempo que lo grita).
-¿Eres un robot, Marcos? Si es así, por favor abandona este chat.
-ñ.szdol3a.ñdxledfrp`rd´-ñdxñlk
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Empezó a aporrear el teclado, desesperado. Se cubre la cara con sus manos sucias y llora. Llora con fuerza. Las lágrimas empapan sus mejillas. Hacía más de dos meses que no lloraba así. Y no le gusta. Se siente vulnerable, solo. Solo de verdad. Como nunca nadie se ha sentido solo en este mundo. Su cuerpo se convulsiona. No puede parar de llorar. Levanta la mirada y entre lágrimas y bocanadas de aire apresuradas, observa que le sigue preguntando si es un robot. A duras penas, escribe:

-No, no soy un jodido robot
(nuevas lágrimas caen sobre el teclado)
Tengo que dejarte, no puedo escribir más. No en este estado. Ahora mismo estoy destrozado
(el teclado, ahora limpio, se empapa, como sus manos, sus mejillas, su alma se deshidrata)
Necesito descansar.
-
(y se queda absorto mirando la pantalla)
-Necesito descansar

Sus ojos, atónitos, amenazan con salirse de sus órbitas.
Su cara, dibuja una mueca. Mezcla de sorpresa. De desesperación.
Un grito hondo. Que sale de la profundidad de su parte animal, comienza a ser audible en aquel húmedo sótano de la Biblioteca de Lugo. Galicia, el puto culo del mundo. Más culo que nunca.

En la pantalla aparecen unos vivos colores que le felicitan.
La palabra HUMANO parpadea cambiando de colores.

-Introduzca los números de la imagen para confirmar, definitivamente, que ha superado el test de Turing. Enhorabuena.

Un sonido brusco y cristalino se oye en el sótano.
Un puño ensangrentado intenta zafarse de un monitor destrozado y humeante.
Mientras, el grito más inhumano y desgarrador que jamás se haya escuchado, recorre los pasillos vacíos de un sótano. Se extiende por el edificio, lleno de estanterías que albergan miles de libros que sólo una persona podrá leer.

Cómo surgió… La última mirada

El germen de La última mirada estuvo en el documental La maleta mexicana, recomendado en Zentolos hace un tiempo, pero podría haber surgido viendo cualquier otro documental sobre los años de la Guerra Civil, de la Segunda Guerra Mundial o de una época similar. Siempre que veo esos documentales pienso en las personas que se ven en ellos, cómo habrán sido sus vidas. Muchos de ellos seguramente murieron en la contienda, otros habrán pasado penurias…Muchos habrán sobrevivido, ¿qué piensan cuando ven esas imágenes que, para ellos, son auténticos recuerdos? ¿Y si, por sorpresa, se reconocen en una de esas fotografías? ¿O si reconocen a alguien?

Ese fue el germen, me imaginé a un señor anciano que viendo ese documental, reconoce a una persona que, en principio, no debería estar allí. El primer impulso, fue que vería a un nazi de un campo de concentración, pero esa era una idea muy trillada y la deseché enseguida. Al momento, surgió la imagen de una mujer, morena, guapísima, con una mirada profunda. ¿Os imagináis que en un vagón hacia un campo de concentración vieseis a alguien como Liz Taylor, con aquella mirada suya? Seguro que esa mirada os perseguiría el resto de vuestros días. Ahí estaba la historia.
Si algo así pudiese pasar, la emoción de creer ver a esa mujer sería demasiado fuerte para un corazón viejo y cansado. El resto son adornos que, como siempre me pasa, surgen en el mismo momento de la escritura. Imágenes que se cuelan en el proceso que, casi siempre, se produce de un tirón. La idea central tarda, como en este caso, meses, pero el proceso de escribirlo es inmediato.

Añadido el 5/3/2013
Es extraño, pero se me olvidó comentar que otra fuente de inspiración fue este Ir es venir, posiblemente lo mejor escrito en Zentolos (curiosamente a los pocos meses de vida), y alguna conversación en la vida real con el mismo autor de esas palabras. Conversación que podríamos resumir en ¿cuándo está realmente muerto uno? ¿cuánto tiempo siguen las neuronas trabajando a pesar de estar realmente muerto?

La última mirada

Como cada viernes, el señor Rosendo había comenzado su ritual de fin de semana. Un ritual que se mantenía imperturbable desde hacía años.
A las nueve en punto, entraba en el baño y con mucho cuidado se iba quitando los calcetines gordos. No soportaba los pies fríos y por culpa de su mala circulación, eso era algo que llevaba padeciendo muchos años. Se bajaba el pantalón del pijama y los calzoncillos. Después se quitaba la chaqueta del pijama y la camiseta de felpa. Desnudo, se miraba. El cuerpo flácido, lleno de arrugas. Las pieles de los brazos colgando. Las piernas delgadas. Tan delgadas que parecía imposible que aún pudiesen sostener aquel viejo y cansado cuerpo. La vieja cicatriz de la Guerra. El tatuaje en el brazo…

Se agarró a la pared y con mucho cuidado metió un pie en el agua caliente. Luego el otro. Un mar de espuma y sales minerales le esperaba. Poco a poco se agachó y la esperada sensación de calidez le inundó. Cerró los ojos. La atmósfera cálida y perfumada lo invadió. Como siempre, el sueño también lo hizo y el señor Rosendo se dejó llevar a ese mundo paralelo que es el hogar de los sueños.
No durmió más de quince minutos. Se despertó y volvió a mirar su cuerpo desnudo, ahora mucho más arrugado. A veces, se acordaba de lo fuerte que había sido de joven. Eso le había salvado la vida, sobre todo cuando…
Soltó un joder en alto.
Odiaba que su cabeza empezase a divagar de aquella manera y por desgracia eso sucedía más a menudo de lo que deseaba.
Se incorporó, con sumo cuidado, sacó un pie fuera del agua y después el otro. Amalia le había dejado, como siempre, su traje bien colocado, la corbata en su sitio, una muda limpia, los zapatos, todo en el perfecto orden de Amalia.
Se secó. Se puso su colonia favorita y se vistió. Se miró al espejo y asintió satisfecho.

El señor Rosendo entró en la cocina y vio la fiambrera con la comida que la buena de Amalia le había dejado hecha. En la tapa, un postit le recordaba, “NO CALENTAR”, con la caligrafía nerviosa de Amalia. Como siempre, quitó la tapa con los ojos cerrados e intentó adivinar qué maravilla le había hecho esta vez. Respiró con profundidad y los aromas le hicieron babear. Volvió a sumergirse en aquellos aromas marinos. La acidez cítrica le dio la pista definitiva… ¡CEBICHE! gritó. Y al abrir los ojos soltó una carcajada de satisfacción. Cogió el bolígrafo azul y se acercó a la nevera. En la puerta había una hoja en la que aparecía su nombre y el de Amalia. Debajo de cada nombre un montón de palitos. Más, debajo del nombre de Amalia. Esta vez había ganado él y dibujó un palito debajo de su nombre. 8 a 11. Pero estaba remontando. El lunes, cuando viniera Amalia, tendrían su particular post-partido.

En la bandeja de madera, ya colocada por Amalia, se echó un buen plato de cebiche y un generoso vaso de vino. Tomó la bandeja y arrastrando los pies llegó a la pequeña salita-comedor.
Se sentó cómodamente en el sofá y encendió la tele. Con un tenedor en una mano y el mando a distancia en la otra, empezó a zapear. Arriba y abajo por los canales, parecía un gondolero. Se sonrió. Era uno de sus chistes privados favoritos. En La2 había empezado un documental. Se veían imágenes en blanco y negro. Imágenes de la pobreza y dureza de otros tiempos, que a él, por desgracia, le tocó vivir en primera persona. En primerísima persona, pensó.
Estaba a punto de cambiar de canal. No le apetecía pasarse, SU noche, viendo aquellas imágenes que le traían tan nefastos recuerdos. Pero los recuerdos son como una telaraña, cuanto más luchas más te enmarañas y Rosendo se quedó con el dedo inmóvil sobre el mando a distancia, atrapado.
El documental era mucho más amable de lo que pensó en un principio. Hablaba de un fotógrafo famoso, de unas fotografías perdidas, de la España de la Guerra, de la II Guerra mundial. Había entrevistas con gente actual, y todo el rato iban pasando fotos de aquella época. Fotos de la guerra, del hambre, de los combatientes, de la esperanza en un mundo mejor. Fotos de los exiliados, de los que perdieron la guerra, el orgullo…
En esas estaba Rosendo, cuando en una de aquellas fotos creyó ver el barco en el que huyó del país hacia México. Sinoa o sinaya o algo así se llamaba. Estaba casi seguro de que era ese barco. Una voz en off seguía relatando el documental, pero Rosendo estaba absorto mirando ensimismado los rostros de aquellos refugiados. Tenía la esperanza de verse a sí mismo hacía 70 años. Sería como una especie de viaje en el tiempo. Buscaba, frenético, su propio rostro…De pronto, se quedó paralizado.

No podía ser. Aquella mujer. Aquella mirada. No podía ser. No podía ser. El brazo le empezó a picar, inconscientemente se empezó a rascar. Aquella mirada. Se juró a si mismo hace 70 años que nunca olvidaría aquella mirada. La mirada de la mujer que en las sombras del vagón al campo de Gurs le suplicó un poco de agua…
No paraba de rascarse el brazo, se había levantado la piel justo en la zona del tatuaje. El 125626 todavía visible, aparecía ahora con algunas gotas de sangre.
Todavía recuerda su última mirada cuando bajó del vagón. Una mirada que era la viva imagen de la esperanza y de la gratitud, pues si seguía con vida era gracias a él.
Durante su temporada en Auschwitz pensó mucho en aquella mujer. Recordó aquella mirada en las noches de horror. Muchas veces se arrepintió de haberla ayudado, cuánto sufrimiento le podría haber ahorrado. Muchas veces agradeció haberlo hecho, si fue capaz de resistir, fue gracias a aquella mirada.
El imposible picor del tatuaje, dejó paso a un dolor sordo, que le llegaba desde la mano hasta el pecho. Hacía siglos que no se acordaba de aquella mujer que ahora creía haber visto en aquel documental. Estaba atónito.
Un latigazo le recorre el cuerpo, que se tensa hasta que cae desplomado sobre el sofá.
Su corazón ha dejado de latir, pero su cerebro sigue manteniendo su actividad. Las neuronas siguen mandando sus impulsos eléctricos, las sinapsis siguen activas, lanzándose neurotransmisores que le permiten seguir recordando aquella mirada. Una mirada que marcó su vida, incapaz de amar a nadie, incapaz de comprometerse con otra persona…Aquella mirada…
Mientas permanece tirado en el sofá, clínicamente muerto, su cerebro se apaga poco a poco, repitiendo una otra vez el instante en el que la mujer baja del vagón y, ahora sí, le dedicada por última vez, su mirada agradecida.

Como surgió…Cinco minutos del apocalipsis

Por increíble que parezca al tratarse de una historia de criaturas zampahumanos, Cinco minutos del Apocalipsis, está basado en hechos reales.
Ese que está ahí, con su camisa manchada de tierra, con su azadón desgastado por el uso, es el mismo que escribe esto. Y en esa situación estaba, cuando oí a los perros del relato. Los oí a mis espaldas, un poco extrañado porque hacían un ruido bastante raro, era como si estuviesen aterrados, eran muchos y todos habían empezado a ladrar a la vez.
Mientras me giraba, me dije: al darme la vuelta y mirar hacia el pinar, los voy a ver corriendo hacia mí (a las criaturas que provocaron semejante caos en los pobres perros). Toda la vida esperando el apocalipsis y ya está aquí y no voy a tener ni la más mínima oportunidad.
Evidentemente, me giré y no había nada, pero la sensación se quedó ahí unos días.
Un día se lo comenté a un amigo que estaba en casa. Los dos en la huerta. Y me dice: “yo sabría qué hacer“. Pero como pasa en tantas ocasiones, la conversación derivó rápidamente a otros temas. Pero me quedé con la frase: “yo sabría qué hacer”. Eso es lo que pensaba el protagonista. Obsesionado toda su vida, paralizado por un miedo injustificado.
No estoy muy orgulloso del relato, pero llevaba demasiado tiempo intentado salir y estaba bloqueando otras ideas, así que lo mejor es sacarlo, compartirlo y dejar que otros relatos tengan su oportunidad.