Viviendo en la pecera

Los vientos han arrastrado hasta mi ventana una preciosa historia. Una historia sobre la libertad, la empatía, el desapego, el despredimiento. Pero también sobre la actual manera de vivir.

Vivimos en una pecera. Una pecera grande, con muchos y variados peces. Tenemos el agua calentita y nos la cambian cada semana. Todos los días recibimos puntualmente nuestra comida liofilizada. Los fines de semana hay menú especial y trocitos de gambas congeladas sacian nuestro apetito. Tenemos juguetes. Maravillosos tubos de PVC nos permiten jugar a la sardina y al tiburón. Todos queremos ser sardinas. Es más divertido.
Cada poco tiempo La Mano, hace cambios. Mueve una planta de un sitio a otro. Pone una roca nueva. Nos encantan los cambios. A veces, La Mano, se lleva a algunos, pero es normal. Los peces se cansan y pierden sus colores o simplemente se agotan sus ganas de diversión. La Mano se los lleva. No sabemos a dónde van. Lo olvidamos rápido. Se vive bien en la pecera.

Vivimos en una pecera. Una pecera grande que te cagas. El agua está calentita y la comida sobra. Sobra, hasta ponernos como vacas. Mientras zampas, a veces, ponen a niños muriéndose de hambre, pero no es por fastidiar, es parte del espectáculo. A La Mano, le encanta el espectáculo. Una parte del tiempo la pasamos divirtiendo a La Mano. Nos ponemos nuestros preciosos y caros trajes y salimos a ganarnos nuestro sustento. Con suerte, ocho de horas de trabajo, lleno de reuniones importantes de la hostia, desarrolando pipelines, explotando el knowhow…jugando al gato y al ratón, dándolo todo para divertir a La Mano. A La Mano le encanta el espectáculo. Podemos leer libros, editados por La Mano, ver películas cincoestrellas, pagadas por La Mano. Podemos viajar a hoteles de lujo en medio de la nada, comer de lujo, beber de lujo. Se vive bien en la pecera.

Un día, los peces se pusieron de acuerdo. Decidieron nadar todos juntos de un lado al otro de la pecera. Qué exhibición. A La Mano le encanta el espectáculo. Sin embargo, La Cara no parecía tan contenta. Sus ojos, pegados al cristal mostraron incredulidad, miedo, ira. La Mano intentó detener aquello, pero la inercia es algo que cuesta parar y la pecera rodó hasta el borde de la mesa y cayó al vacío. Nunca habíamos sentido esa maravillosa sensación de ingravidez. Todos pensamos en el espectáculo. El aire quema. Boqueamos. A La Mano le encanta el espectáculo.

Un día, La Mano, se cansa de nosotros. Ya nos somos graciosos, perdimos nuestros vivos colores, no estamos de moda. Nos coge con una red y nos tira a una nueva pecera, de loza, blanca, reluciente. Con suerte acabaremos en la estación depuradora de aguas residuales o dejando hijos con tres ojos en las aguas subterráneas de la ciudad. A La Mano le encanta el espectáculo.



Corto de Jay Shih, subido por COLORENERGY1


Gracias Eva, por la inspiración.

Un sentimiento agriamargo cercano a la psicomagia

Hacía muchos años que no lo veía, pero su cara de cabrón lunático no es fácil de olvidar.
Últimamente lo veía pasear por el centro de la ciudad. Paseando de modo errático, ansioso. Me lo imagino con 26 dólares en el bolsillo, esperando.
Otro día lo volví a ver, al doblar una esquina. Su careto de cabrón está demacrado, pálido. Arrastra su cuerpo, le pesa la lluvia que lo moja todo. Hace frío.
Nada que ver con aquel chaval lleno de vida que gustaba de asustar a los demás, amparado en el grupo, cuando siempre era verano.

Desamparado.

Me lo encontré de frente.
Estaba en el medio de la calle. La gente con la cabeza agachada por el frío y la lluvia, tiene la excusa perfecta para negar sin mirarle a la cara.
Cada vez que pasa alguien a su lado, extiende el brazo. Que sujeta una caja. Que tiene unas monedas. Pocas.
Fuerza una sonrisa que (me) hace aflorar ocultos miedos infantiles.

Lo veo. Lo miro a la cara. Sigo viendo a aquel chaval que me asustó hace ya unos cuantos siglos. Al que, obligado, le daba algunas monedas.
El primer pensamiento me azota. Jódete, mírate.
Me tiende la caja.
Me da vergüenza lo que he pensado.
Sigo caminando. Diez metros más allá, (me) imagino metiendo la mano en el bolsillo. Sacando una moneda y dándosela, ahora sin obligación, sin rencor.
Pura psicomagia.
Lástima que ese sentimiento agriamargo me haya paralizado. Mis pasos no se han detenido. Estoy fuera del círculo mágico. Ya no puedo hacer nada.
O quizás sí, pero ya no será lo mismo. Perdí la gran oportunidad de vencer al inconsciente.

La cercana lejanía del espacio exterior

Hay una diminuta colonia de seres humanos viviendo ahí fuera.
Rodeados de la negrura insondable, del frío oscuro del espacio exterior, golpeados por los rayos gamma, rodeados de nada por todas partes.
Como iluminados, sus cuerpos levitan, sus músculos atrofiados lo pagan. Como iluminados, destrozan la dualidad arriba/abajo.
Viven aislados, solitarios, perdidos, casi deshumanizados.
Sin duda, pensamos que son los hombres y mujeres que más lejos viven de nosotros y sólo están a, apenas, 300 kilómetros. Mucho más cerca de lo que tú y yo estamos ahora.

El desap(ego) o El Arte de la Vida

¿Qué es el Arte? Según la RAE, es una manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros. A mi entender, a esa definición le falta, precisamente, lo más valioso, la capacidad de conmover, de trascender, de, por qué no decirlo, hacernos mejores personas, aunque sólo sea durante un instante. Eso es para mí el ARTE. Esa maravillosa capacidad de sorprendernos, de apabullarnos, de dejarnos inermes. Cierto es que, no todos somos aprendices de Stendhal, y la belleza también está en los ojos que saben mirarla, porque algunos jamás sabrán apreciar la belleza aunque la tengan delante mismo de sus narices.
La varita mágica del ARTE tuvo la suerte de tocarme no hace mucho, viendo la obra maestra que es Ríos y mareas y que ya alabé lo suficiente.

En una de las escenas, la que más me gustó, aparece Andy Goldsworthy en un paisaje helado, intentando montar una estructura con ramas arrastradas por los ríos hasta el mar, pulidas por la erosión, arrastradas por la marea hasta una playa desierta. Un largo, inesperado e incierto viaje.
Con estos materiales, Andy construye una especie de iglú orgánico, un pequeño templo donde dejar su propio ego en un altar, no para adorarlo, sino para ofrecerlo en sacrificio. El ego del artista, algo de tamaño supremo en tantas ocasiones, destinado como ofrenda a esa marea que le brindó el material para hacer su obra.
Sin embargo, lo más maravilloso aún está por llegar.
La marea, implacable, reclama la ofrenda y con una lentitud exasperante pero inexorable, avanza palmo a palmo, sin prisa pero sin pausa, como un buen plato que se hace a fuego lento. La obra inerte cobra vida, la marea insufla un hálito vital y la madera sigue su ciclo de muerte, vida, muerte y de nuevo y por último, vida. Vida-muerte inseparables, indistinguibles en esta obra de ARTE.
La marea sigue con su trabajo y se lleva el ego del artista que con una mirada perdida y feliz descubre que el desapego es la mejor lección de vida-muerte que puede aprender-enseñar.
¿Seremos capaces en el momento adecuado de desapegarnos de nuestras construcciones vitales, dejarlas(nos) ir mientras se confunden de nuevo en el mar, origen de la vida?

son momentos de una belleza extraordinaria, cuando un trabajo se vuelve vivo. Es por esos momentos, por los que vivo

Andy Goldsworthy.