La música fue desde siempre campo de interés para el ser humano, que al margen de su belleza plástica y deleite para los sentidos, era el símbolo más evidente de vida junto con el movimiento. Así desde tiempos inmemoriales el ser humano ha intentado servirse de la música para alcanzar los fines más diversos, tanto religiosos, como sociales, como lúdicos.
El estudio sistemático de la música y sus propiedades comienza probablemente con los matemáticos griegos, incluso el término música proviene del griego “musiké”, de las musas, protectoras de las artes y las ciencias en los juegos griegos.
Para la escuela pitagórica, con Pitágoras al frente, todo era medida y número. Así, aplicando razones básicas (media aritmética, geométrica y armónica) a un monocordio (instrumento musical de una sola cuerda) encontró una serie de combinaciones agradables y construyó una escala musical basada en esas proporciones que hoy conocemos como escala diatónica. En esta escala la distribución de tonos y semitonos no era regular por lo que precisaba de ciertos reajustes.
Sería en el siglo XVII, en el que el matemático francés Mersenne (sí, sí, el de los primos) formula con precisión la relación entre la longitud de una cuerda y su frecuencia. Lo que permitirá la creación de una escala de 12 semitonos en la cual todos los intervalos son iguales. Esta escala es hoy conocida como escala cromática.
Otros insignes matemáticos contribuyeron a desarrollar la teoría musical (Galileo, Descartes, Leibniz, Euler, D’Alembert) y esto unido al increíble talento de algunos músicos conforma esa rama de las artes con entidad propia que hoy conocemos como música y que por su origen podríamos considerar como el vástago de las matemáticas más agradable al oído… a veces.
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