Después de muchos años de darle vueltas al asunto, por fin, me he decidido a comprar un invernadero para complementar la producción de la huerta. El uso de un invernadero es esencial en zonas donde el clima no permite que ciertas plantas se desarrollen de forma idónea.
En mi caso, el invernadero servirá para “asegurar” la producción de ciertas plantas cuya producción depende en demasía de las condiciones ambientales del exterior. Por ejemplo, la producción de tomates suele complicarse en verano por un exceso de humedad y falta de calor que, al final, suele acarrear problemas de hongos en las plantas y la consiguiente pudrición de los frutos. Además, servirá para intentar sacar adelante algunas variedades de pimientos, cultivar berenjenas, melón, sandía…

Lo que más me preocupa es la dificultad de hacer las rotaciones, ya que tomates, pimientos y berenjenas pertenecen a la misma familia. También será un reto, controlar sin usar medios químicos, la aparición de enfermedades fúngicas, favorecidas por las altas temperaturas del interior del invernadero.
De momento, tengo organizado el interior en pequeños bancales, rellenados con una mezcla de tierra, arena y mucho mucho compost. Espero que el próximo fin de semana empiece a albergar las nuevas plantas.





En fin, un nuevo reto (y trabajo) que añadir al cultivo de la huerta familiar ecológica.