Triste tigre

La mezcla de humedad y su propio sudor rancio, hacía que la máscara apestara. Ese olor se le había metido por las fosas nasales hundiéndose hasta el mismo centro del estómago, que parecía que tuviese una piedra dentro. El olor y, por supuesto, la tremenda resaca que tenía. El pasillo estaba oscuro y le estaba costando llegar al vestuario. La oscuridad y, por supuesto, las zarpas de tigre que llevaba por zapatos.

Joder, pensó. Menuda combinación, el olor, la resaca, este puto pasillo interminable y las zapas de tigre. Pensó en cómo sería vomitar dentro de la máscara.
Sin embargo, lo que le vino a la cabeza fue una visión de la noche anterior y esbozó una sonrisa. La imagen de la puta con el coño lleno de perica, era para esbozar una sonrisa e incluso una buena carcajada. Lo hizo. Sonó triste. Una risotada vacía dentro de aquella máscara, al tiempo que su traje de tigre dejaba entrever una embarazosa erección.
-Joder, qué noche. Dijo en voz alta.

Por fin llegó al vestuario.
Llamarlo vestuario era como lo del crecimiento negativo. Estaba en la antesala donde los camareros depositaban los platos, cubiertos y bandejas, antes de llevarlos al lavavajillas industrial que estaba en la sala contigua, ronroneando, mientras lustraba las miserias de una sociedad vergonzosamente opulenta. Cientos de platos blancos, ribeteados de oro, pasados de moda en los 80. Aún con restos de comida. Bandejas metálicas apiladas, también sucias. Muchas de ellas con cientos de langostinos esperando. Esperando el maravilloso viaje hasta el vertedero municipal. Gente muriendo de hambre y aquellos joputas tirando la comida porque estaban llenos como cerdos.

Se volvió a acordar de la puta. Volvió a sonreír.

Se quitó la cabeza de tigre. Respiró aliviado. Apenas un segundo, porque el olor del vestuario no era mucho mejor. Una mezcla a vino, alcohol, a carne excesivamente condimentada para disfrazar su pésima calidad, a marisco. Apestaba a marisco. Le dio una arcada y a punto estuvo de embozarse de nuevo la cabeza de tigre y salir corriendo. Escapar. Huir era casi una necesidad, pero más necesario era que el gordo, de cara horrible y peor corbata, le pagara.

Dejó la cabeza de tigre en el suelo. Empezó a quitarse el traje. Como siempre, la cremallera se había enganchado. Siempre pensaba lo mismo. Tenía que comprar otro traje de tigre, pero aquel trabajo era temporal. Pronto encontraría algo mejor, alguna vez el teléfono sonaría para hacer algo interesante de verdad. Un anuncio. Una serie. Una obrita de teatro. Esbozó otra sonrisa que se congeló casi al salir. Llevaba esperando tres años esa llamada. Al final hizo el truco de siempre. Metió el pulgar por debajo y tiró. La cremallera nunca se podía resistir a su dedo pulgar. Volvió a sonreír.

Dejó el traje en el suelo. Al lado de la gran cabeza de tigre. Estaba todo sudado. Su escaso pelo negro estaba pegado a la incipiente calva. La puerta metálica que lo separaba del lavavajillas reflejó su imagen. La imagen era patética. Se quitó la camiseta de algodón, que en tiempos mejores había sido blanca. Se quedó en calzoncillos, que en algún momento, también habían sido blancos. Volvió a ver su imagen reflejada en la puerta metálica mientras el runrún del lavavajillas, le daba ese toque definitivo. Definitivamente, un perdedor, eso es lo que era. Un PERDEDOR. ¿Qué diría su padre si le viese en ese momento? Y podría hacerlo, dicen que desde allí, desde donde estaba su padre, podía verlo todo. Hurgó en el pantalón, perfectamente doblado, y sacó dos pastillas rosas, Tranxilium 50. La felicidad, mejor en pequeñas píldoras, pensó. De dos en dos, mucho mejor. Se las tragó usando una copa de vino medio llena que estaba entre los platos sucios.

En calzoncillos y bebiendo de una copa de vino medio vacía. Así lo encontró el gordo cabrón. Tenía el rostro colorado y la corbata parecía estrangularlo. Tenía la frente sudorosa. Dos lamparones adornaban una corbata horrible. Las manchas de sudor cubrían media camisa. Y él, en calzoncillos.

- No has estado muy fino, chaval. Su voz rompió el efecto hipnótico del lavavajillas. – De hecho, has estado de puta pena. Ni a los más niños les has hecho gracia.
- Hombre, no será para tanto, ¿no?
- Pero, tú te has visto. Los niños se mofaban de ti, chaval.
- Bueno, yo lo he hecho lo mejor posible.
- Pues no me has gustado y no te voy a pagar. Y hablaré con el tipo que te recomendó…
- …Cómo que no me va a pagar…
- …y le voy a contar lo que ha pasado aquí…
- …Cómo que no me va a pagar. Me ha pasado dos horas haciendo lo imposible para divertir a los niños. Joder, lo he dado todo…
- …que no ayudaras a la niña cuando tropezó con el vestidito…

En su cabeza se mezclaron las imágenes de la puta desnuda, bailando, empapada en champán del malo y la gorda, la hija del gordo cabrón, cayendo al suelo… y soltó una risotada que retumbó en la habitación.
- …es verdad, menuda hostión se dio la gorda. Ja, jaaa…Empezó a doblarse de la risa.

El padre de la criatura, vestido con una camisa cara, demasiado cara, y sudada, demasiado sudada, se quedó estupefacto. No podía creer, que aquel miserable se estuviese riendo de su hijita. Su niña, que con su vestido blanco de princesita, parecía una pequeña novia. Sin pensarlo, le soltó un guantazo. Una humillante mano abierta lo tumbó al suelo.
- …Cabrón, miserable…
Le escupió. Se fue.
Se quedó tumbado, pensando que la situación no podía ser más miserable. Empezó a llorar. De rabia. De pura rabia. Pensaba que no podía ser más patético, pero se equivocaba. La niña gorda embutida en un traje blanco tres tallas más pequeño, estaba en la puerta de la sala. Acompañada de dos de sus horripilantes amigas que le sujetaban la cola del vestido. Lo miró y despectivamente le echó la lengua. Las tres salieron riéndose. Las únicas risas sinceras que iba a escuchar aquella tarde.
Se levantó. Se puso el pantalón. Una camisa. Hurgó en la bolsillo y se permitió otra ración doble de felicidad. Cogió la mochila y guardó un par de botellas de vino medio vacías. Apretujó el traje de triste tigre en la mochila y salió del restaurante.

6 comentarios en “Triste tigre

  1. qué bueno, bicho

    nos atrevemos algún día con algo más largo?, no se…500 o 600 páginas, ahí, al estilo del maestro

  2. Je, je, Gracias Luis.

    Hombre el primer paso sería hacer algo de 30-40 páginas y currrarme más los diálogos, que no no es mi fuerte (lo otro tampoco, pero bueno). Aunque tampoco te creas que me llama mucho y seamos sinceros tampoco hay nivel para tanto, ni de coña.

    Aún así me alegró que te haya gustado.

  3. Me ha gustado el cuento. Sobre todo, porque en mi opinión demuestra lo malo que es el sexo sin amor no bendecido por el santo sacramento del matrimonio.

    ¡Demasiado la juventud se dedica al fornicio, en vez de ir a misa, estudiar catequesis y hacer ejercicios espirituales los fines de semana en la parroquia.

    Un saludo en Cristo salvífico.

  4. ¿así que este era el troll que había en casa de Mr.Lombreeze? Me da que sé quién es realmente… Te contaría, pero mejor paso…
    En fin..
    El relato…pues no sé…un poco triste y deprimente, aunque no está mal y es más “comprensible” que otros que te he leído.
    Me acordaba levemente de uno de Manuel Rivas con un payaso. Pero no era lo mismo… aquel era un profesional y no iba cocido al trabajo.
    Un saludito.

  5. Si,es triste y deprimente. Lo curioso es que en la ida real no soy así para nada…¿Algún Freud en la sala?
    El de Rivas no lo conozco, pero te diré que este personaje es muy profesional y no va cocido, como mucho con resaca (jo, cómo defiendo a mis personajes ;-)
    Gracias por el comentario David, ya sabes que en este tipo de cosas los aprecio.

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