En el mismo momento que oí aquella jauría descontrolada, mi cuerpo reaccionó sin pensar. Llevaba años preparándome para aquello. Desde la adolescencia había entrenado mi cuerpo y mi mente para cuando llegase un momento como aquel. Años de duros entrenamientos y privaciones. Años de meditación. Años de incomprensión. Simplemente para que, llegado EL momento, la reacción fuese inmediata, calculada, eficaz. Ser capaz de reaccionar de forma adecuada era la clave entre vivir o morir. Estaba preparado.
Oí los ladridos y aullidos de los perros, acompañado de los gritos de varias personas. Nunca antes había escuchado a unos perros ladrar así. Nunca antes había oído a unos hombres gritar horrorizados de aquella manera. Inmediatamente, reconocí lo que estaba pasando. En un segundo, todas las penalidades, sufrimientos y esfuerzos de los últimos veinte años pasaron por mi cabeza. Sonreí por última vez, orgulloso de mí mismo. La mente se vació, el cuerpo se relajó. El yo agazapado había tomado el mando.
Remangué la camisa, manchada de tierra. Sequé el sudor de la frente que amenazaba con llegar a los ojos. Levanté el azadón, oxidado, gastado de trabajar la tierra durante años. Muy despacio, me volví hacia el pinar próximo. Estaba saboreando el momento. Los alaridos, que venían de aquella dirección, cesaron por completo. Los palurdos que durante años me habían hecho la vida tan difícil, los vecinos y sus malditas denuncias, las zorras que siempre me miraban por encima del hombro, ya no están aquí. Se han ido. Sus cuerpos mutilados yacerán cerca de sus casas.
Qué sentimiento de… ¿victoria?
Por un instante, el miedo intenta filtrarse, como se filtra el agua en el hormigón armado. Una mínima vacilación, muy humana. Perdonable. Mis ojos intentan ver en la oscuridad del pinar. Creo percibir un movimiento en las sombras. Un segundo después, cuatro seres putrefactos corren hacía mí, moviendo sus mandíbulas ensangrentadas. Coloco mi cuerpo. Coloco mi mente. Dejo que se acerquen, pero son tan rápidos.
Demasiado rápidos, susurro en voz alta.

Todas las lecturas que durante años había hecho sobre ellos eran falsas. Todas las creencias firmemente asentadas, se tambalean. Las dudas carcomen los pilares de mi existencia. Me tiemblan las piernas. Están muy cerca y el hedor es indescriptible. Mi cuerpo, quiere echar a correr. Mi mente, hace rato que ha volado. Me han dejado solo. Después de años y años de duros entrenamientos y meditación, de privaciones e incomprensión. Estoy solo.
Completamente vencido, suelto el azadón hacia la primera de la criaturas. El acero de la hoja brilla, cruza silbando el cielo azul, y… fallo. No hay segunda oportunidad. Se abalanzan sobre mí.
No he sido capaz de vivir ni cinco minutos en el apocalipsis.