Como cada viernes, el señor Rosendo había comenzado su ritual de fin de semana. Un ritual que se mantenía imperturbable desde hacía años.
A las nueve en punto, entraba en el baño y con mucho cuidado se iba quitando los calcetines gordos. No soportaba los pies fríos y por culpa de su mala circulación, eso era algo que llevaba padeciendo muchos años. Se bajaba el pantalón del pijama y los calzoncillos. Después se quitaba la chaqueta del pijama y la camiseta de felpa. Desnudo, se miraba. El cuerpo flácido, lleno de arrugas. Las pieles de los brazos colgando. Las piernas delgadas. Tan delgadas que parecía imposible que aún pudiesen sostener aquel viejo y cansado cuerpo. La vieja cicatriz de la Guerra. El tatuaje en el brazo…

Se agarró a la pared y con mucho cuidado metió un pie en el agua caliente. Luego el otro. Un mar de espuma y sales minerales le esperaba. Poco a poco se agachó y la esperada sensación de calidez le inundó. Cerró los ojos. La atmósfera cálida y perfumada lo invadió. Como siempre, el sueño también lo hizo y el señor Rosendo se dejó llevar a ese mundo paralelo que es el hogar de los sueños.
No durmió más de quince minutos. Se despertó y volvió a mirar su cuerpo desnudo, ahora mucho más arrugado. A veces, se acordaba de lo fuerte que había sido de joven. Eso le había salvado la vida, sobre todo cuando…
Soltó un joder en alto.
Odiaba que su cabeza empezase a divagar de aquella manera y por desgracia eso sucedía más a menudo de lo que deseaba.
Se incorporó, con sumo cuidado, sacó un pie fuera del agua y después el otro. Amalia le había dejado, como siempre, su traje bien colocado, la corbata en su sitio, una muda limpia, los zapatos, todo en el perfecto orden de Amalia.
Se secó. Se puso su colonia favorita y se vistió. Se miró al espejo y asintió satisfecho.

El señor Rosendo entró en la cocina y vio la fiambrera con la comida que la buena de Amalia le había dejado hecha. En la tapa, un postit le recordaba, “NO CALENTAR”, con la caligrafía nerviosa de Amalia. Como siempre, quitó la tapa con los ojos cerrados e intentó adivinar qué maravilla le había hecho esta vez. Respiró con profundidad y los aromas le hicieron babear. Volvió a sumergirse en aquellos aromas marinos. La acidez cítrica le dio la pista definitiva… ¡CEBICHE! gritó. Y al abrir los ojos soltó una carcajada de satisfacción. Cogió el bolígrafo azul y se acercó a la nevera. En la puerta había una hoja en la que aparecía su nombre y el de Amalia. Debajo de cada nombre un montón de palitos. Más, debajo del nombre de Amalia. Esta vez había ganado él y dibujó un palito debajo de su nombre. 8 a 11. Pero estaba remontando. El lunes, cuando viniera Amalia, tendrían su particular post-partido.

En la bandeja de madera, ya colocada por Amalia, se echó un buen plato de cebiche y un generoso vaso de vino. Tomó la bandeja y arrastrando los pies llegó a la pequeña salita-comedor.
Se sentó cómodamente en el sofá y encendió la tele. Con un tenedor en una mano y el mando a distancia en la otra, empezó a zapear. Arriba y abajo por los canales, parecía un gondolero. Se sonrió. Era uno de sus chistes privados favoritos. En La2 había empezado un documental. Se veían imágenes en blanco y negro. Imágenes de la pobreza y dureza de otros tiempos, que a él, por desgracia, le tocó vivir en primera persona. En primerísima persona, pensó.
Estaba a punto de cambiar de canal. No le apetecía pasarse, SU noche, viendo aquellas imágenes que le traían tan nefastos recuerdos. Pero los recuerdos son como una telaraña, cuanto más luchas más te enmarañas y Rosendo se quedó con el dedo inmóvil sobre el mando a distancia, atrapado.
El documental era mucho más amable de lo que pensó en un principio. Hablaba de un fotógrafo famoso, de unas fotografías perdidas, de la España de la Guerra, de la II Guerra mundial. Había entrevistas con gente actual, y todo el rato iban pasando fotos de aquella época. Fotos de la guerra, del hambre, de los combatientes, de la esperanza en un mundo mejor. Fotos de los exiliados, de los que perdieron la guerra, el orgullo…
En esas estaba Rosendo, cuando en una de aquellas fotos creyó ver el barco en el que huyó del país hacia México. Sinoa o sinaya o algo así se llamaba. Estaba casi seguro de que era ese barco. Una voz en off seguía relatando el documental, pero Rosendo estaba absorto mirando ensimismado los rostros de aquellos refugiados. Tenía la esperanza de verse a sí mismo hacía 70 años. Sería como una especie de viaje en el tiempo. Buscaba, frenético, su propio rostro…De pronto, se quedó paralizado.

No podía ser. Aquella mujer. Aquella mirada. No podía ser. No podía ser. El brazo le empezó a picar, inconscientemente se empezó a rascar. Aquella mirada. Se juró a si mismo hace 70 años que nunca olvidaría aquella mirada. La mirada de la mujer que en las sombras del vagón al campo de Gurs le suplicó un poco de agua…
No paraba de rascarse el brazo, se había levantado la piel justo en la zona del tatuaje. El 125626 todavía visible, aparecía ahora con algunas gotas de sangre.
Todavía recuerda su última mirada cuando bajó del vagón. Una mirada que era la viva imagen de la esperanza y de la gratitud, pues si seguía con vida era gracias a él.
Durante su temporada en Auschwitz pensó mucho en aquella mujer. Recordó aquella mirada en las noches de horror. Muchas veces se arrepintió de haberla ayudado, cuánto sufrimiento le podría haber ahorrado. Muchas veces agradeció haberlo hecho, si fue capaz de resistir, fue gracias a aquella mirada.
El imposible picor del tatuaje, dejó paso a un dolor sordo, que le llegaba desde la mano hasta el pecho. Hacía siglos que no se acordaba de aquella mujer que ahora creía haber visto en aquel documental. Estaba atónito.
Un latigazo le recorre el cuerpo, que se tensa hasta que cae desplomado sobre el sofá.
Su corazón ha dejado de latir, pero su cerebro sigue manteniendo su actividad. Las neuronas siguen mandando sus impulsos eléctricos, las sinapsis siguen activas, lanzándose neurotransmisores que le permiten seguir recordando aquella mirada. Una mirada que marcó su vida, incapaz de amar a nadie, incapaz de comprometerse con otra persona…Aquella mirada…
Mientas permanece tirado en el sofá, clínicamente muerto, su cerebro se apaga poco a poco, repitiendo una otra vez el instante en el que la mujer baja del vagón y, ahora sí, le dedicada por última vez, su mirada agradecida.