-Hay alguien ahí?
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-Hay alguien ahí?
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Un nuevo día y, como llevaba haciendo los últimos meses, encendió el ordenador. Suavemente comenzó a escribir en el teclado.
Le hizo gracia ver que sólo unas cuantas teclas permanecían limpias y visibles, la A, la H, la Y…El resto acumulaban una importante capa de polvo. Sólo diez teclas limpias. Diez teclas que podían marcar la diferencia.

-Hay alguien ahí?
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-Hay alguien ahí?
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El sonido del teclado resonaba en las paredes de cemento. Era el único sonido que recorría aquel húmedo y frío sótano. No hacía mucho, aquellas paredes absorbían el rumor constante de cientos de personas. Hoy sólo podían captar el sonido de unas teclas, unos pasos arrastrados y las escasas maldiciones que salían de su boca en voz alta.

-Hay alguien ahí?
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Tachó un día más del calendario, mientras miraba, absorto, el parpadeo del cursor…encendido…apagado…encendido…apagado…Bienvenido a la vida binaria, bramó en voz alta. Su risa resonó en las paredes vacías.

-Hay alguien ahí?
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Otro día más, arranca una hoja más del calendario. La arruga y hace una bola que tira a un cubo. Falla. Las tres bolas de papel arrugado que quedan en el suelo, le espetan su triste realidad. Le gritan lo solo que se siente, lo solo que, de verdad, está.

-Hay alguien ahí?
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-Hay alguien ahí?
El cursor deja de parpadear y una palabra se forma en su pantalla. HOLA
Le cuesta reaccionar, era lo último que esperaba. HOLA. HOLA parpadea ahora en su mente.
Mira el teclado y con los nervios no es capaz de encontrar la O, tapada por el polvo del desuso. No recuerda dónde está y pulsa varias teclas con unos dedos cada vez más temblorosos.
– Hola. Contesta.
El cursor parpadea, esperando la respuesta que no llega a producirse.
-Hola, hay alguien ahí? Teclea de nuevo.
-Hola. Si, aquí estoy.

Da un gritó y empieza a saltar loco de alegría. Las paredes de cemento, agradecen el cambio. Su corazón se pone a mil, no puede parar de reír y saltar. Tiembla.

-Hola, me llamo Marcos. Estoy n ls sótanos d la Biblio de Lugo.
-Hola, Marcos. ¿Qué tal estás?
-Aora stoy muy nrvioso, pro muy fliz x encontrart.
-¿Nrvioso? ¿Quizás querías decir, nervioso? ¿Estás nervioso, Marcos?

Marcos se queda un poco confundido, ante la entereza que muestra su interlocutor. Casi no puede ni escribir, los nervios. El otro le recrimina que no escribe bien. Quizás lleve demasiado tiempo solo. O ¿sola? Le entra un poco de pánico. Se imagina a sí mismo solo, otros tres meses y quizás su cabeza también se vea afectada. Con esa idea revoloteando por su cabeza, sigue escribiendo.

-Sí, estoy un poco nervioso. ¿Cómo te llamas?
-¿Por qué estás nervioso, Marcos?
-Es que llevo solo más de tres meses, buscando otros supervivientes y es la primera vez que contacto con alguien. Estoy seguro de que tú no estás solo (o sola, pensó).
-Para los nervios te recomiendo una buena tila y afrontar la vida de manera positiva.

Comienza a dudar. Quizás en otros sitios la situación sea mucho menos dramática que su miserable existencia en aquel sótano. Dudas, dudas.

-¿Dónde estás?
-Estoy aquí.

La respuesta le deja hipnotizado. Se queda, de nuevo, observando el cursor.

-Jodeeeeeer, cómo aquí. ¿Dóndes hostias estás? Jodeeeer. M stás volviendo loco.
-Noto que te has alterado, Marcos. ¿Por qué te alteras? ¿Qué te preocupa?
-Estoy solo, sólo quiero estar con alguien, por favor.

Una ira sorda lo invade. Las lágrimas empujan, quieren salir, a borbotones, intenta contenerse.
Antes de esperar respuesta, vuelve a escribir.

-Siento haberme enfadado, pero estoy desesperado.
-¿Te ha dejado tu novia, Marcos?
-Pero qué coño dices. Me ha dejado mi novia y el noventa y nueve por ciento de la puta humanidad, cabrón. Pero dónde coño estás, eres un puto tarado o qué.
-Marcos sé positivo, seguro que las cosas van a cambiar.
-Pero, qué me dices. Contestas como un puto robot, ¿estás leyendo lo que escribo?
-No soy un robot. Soy humano.
-Pues te estás comportando de forma muy inhumana. Estoy pidiendo ayuda.
-No soy un robot. ¿Y tú, Marcos, eres un robot?
-Mieeeeeerda, mieeeeeerda. Pero qué pregunta es esa.
(lo escribe, al mismo tiempo que lo grita).
-¿Eres un robot, Marcos? Si es así, por favor abandona este chat.
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Empezó a aporrear el teclado, desesperado. Se cubre la cara con sus manos sucias y llora. Llora con fuerza. Las lágrimas empapan sus mejillas. Hacía más de dos meses que no lloraba así. Y no le gusta. Se siente vulnerable, solo. Solo de verdad. Como nunca nadie se ha sentido solo en este mundo. Su cuerpo se convulsiona. No puede parar de llorar. Levanta la mirada y entre lágrimas y bocanadas de aire apresuradas, observa que le sigue preguntando si es un robot. A duras penas, escribe:

-No, no soy un jodido robot
(nuevas lágrimas caen sobre el teclado)
Tengo que dejarte, no puedo escribir más. No en este estado. Ahora mismo estoy destrozado
(el teclado, ahora limpio, se empapa, como sus manos, sus mejillas, su alma se deshidrata)
Necesito descansar.

(y se queda absorto mirando la pantalla)
-Necesito descansar

Sus ojos, atónitos, amenazan con salirse de sus órbitas.
Su cara, dibuja una mueca. Mezcla de sorpresa. De desesperación.
Un grito hondo. Que sale de la profundidad de su parte animal, comienza a ser audible en aquel húmedo sótano de la Biblioteca de Lugo. Galicia, el puto culo del mundo. Más culo que nunca.

En la pantalla aparecen unos vivos colores que le felicitan.
La palabra HUMANO parpadea cambiando de colores.

-Introduzca los números de la imagen para confirmar, definitivamente, que ha superado el test de Turing. Enhorabuena.

Un sonido brusco y cristalino se oye en el sótano.
Un puño ensangrentado intenta zafarse de un monitor destrozado y humeante.
Mientras, el grito más inhumano y desgarrador que jamás se haya escuchado, recorre los pasillos vacíos de un sótano. Se extiende por el edificio, lleno de estanterías que albergan miles de libros que sólo una persona podrá leer.