En el último instante,
justo antes de que el mundo
se dé la vuelta
con lo de dentro para fuera;

cuando el frío y la oscuridad
atropellándose mutuamente
se abalancen sin prisa desde la médula de mis huesos;

cuando mi forma comience a desdibujarse
como barro caliente
en manos de un alfarero ciego,
y mi no-forma se abisme
por torrentes y cataratas, y se filtre
por oquedades y cavernas,
camino del océano de lo absoluto;

cuando, ausentes el huésped y el anfitrión,
las luces de pasillos, galerías y salones
se vayan apagando una tras otra,
¿tendré en ese momento la calma y la cordura
de guardar en el último fulgor de mi conciencia
el sonido de tu risa,
el recuerdo de tus ojos...