Últimamente la mayoría silenciosa está por todas partes, lo cual podría indicar que ciertamente es mayoría, pero quizás esté dejando de ser silenciosa.
Nuestro bien amado y diligente gobierno lo está usando para, parafraseando la canción, atribuirse mayorías que nunca les dimos. Pero hasta en esto, nuestro bien querido y aplicado gobierno es mediocre. La mayoría silenciosa fue la idea central del discurso de Richard Nixon, otro presidente mediocre y mezquino, para justificar la guerra de Vietnam. Daba igual que EEUU estuviese viviendo la época más convulsa de su breve historia, de que millones de estadounidenses saliesen a la calle protestando por una matanza inútil de inocentes, la mayoría silenciosa, aquella que se quedaba en casa y no era contabilizada en las manifestaciones era, realmente, la que tenía razón y por la que merecía la pena seguir gobernando.
Nuestro estimado y eficaz gobierno recoge el guante del ideólogo Nixon, aquel tipo que tuvo que DIMITIR por mentir a su pueblo y, como si el mismísimo Rajoy lo hubiese inventado, el gobierno susurra el mantra: la mayoría silenciosa, la mayoría silenciosa, la mayoría silenciosa…

El pasado once de septiembre, unos cuantos cientos de miles de ciudadanos catalanes salieron a las calles a pedir algo tan simple y a la vez tan complejo como la soberanía, la capacidad de decidir de si sí o si no, pero de decidir algo. Nuevamente la mayoría silenciosa saltó a la palestra. Esa mayoría que no se manifestó, que se quedó en casa, fue la ganadora. Y a pesar de ser silenciosa, fue encumbrada como la poseedora de la verdad.

El pasado doce de octubre, unos cuantos miles de ciudadanos españoles salieron a las calles para pedir algo tan simple y a la vez tan complejo como la unidad indivisible de la patria. De nuevo, la mayoría silenciosa saltó a la palestra. Esa mayoría que no se manifestó, que se quedó en casa, fue la ganadora. Y paradójicamente esta nueva mayoría silenciosa fue mayor y más silenciada que la primera.