La primera vez que le hinchó la cara a hostias, su madre se lo dejó muy clarito.
Mientras la nariz goteaba, tiñendo de rojo el linóleo de la cocina. La cabeza palpitaba, gritando el dolor y la rabia que la devoraba. El ojo, hinchado, cerrado. La tuerta en el país de los ciegos.
Mientras experimentaba estas sensaciones nuevas y nunca vividas. Su madre, despeinada, en bata y zapatillas, sentada a su lado. Acariciaba con suavidad su cabeza, intentando explicarle lo evidente. Que Gabriel, su marido, la quería. Que la amaba. Que por eso le había pegado. Por amor. Por puro amor. Un marido que no tiene celos, es un marido que acabará calentando la cama de otra, pero no la tuya. Mamá le recordó, ella nunca lo había olvidado, como su marido (mi padre, pensó en sollozos) también la había querido y también le había pegado alguna vez. Era ley de vida.

Por supuesto, aquella primera vez, no fue la última. Las hostias, las humillaciones y las patadas fueron parecidas. Las causas fueron cambiando. Los celos, despejaron sus nubarrones para dejar paso a las broncas por no saber llevar la casa como dios manda. Por los berrinches nocturnos de los niños. Por la presencia constante de su madre. Por motivos laborales. Económicos. Todas esas veces, su madre la consolaba. Daba igual que le hubiera partido el labio. Que le diera con el cinturón, con un palo…Mamá, siempre la sentaba en la cocina. La consolaba mientras las rosas crecían en el suelo inmaculado de la cocina y repetía el mantra. Gabriel te quiere, por eso te pega…si no se preocupase por ti, no lo haría…Gabriel te quiere…puro amor.

Pasaron los años y los motivos desaparecieron. Ahora le pegaba por que sí. Una noche le soltó un bofetón, simplemente porque el puto Cristiano Ronaldo falló un penalti. Se le quedó cara de boba y eso encendió, aún más la mecha. Como de costumbre se sentó en la cocina, en el suelo, ahora de terrazo, no quedaban las sangrantes manchas rojas. Tampoco su madre estaba para consolarla. Pero todavía podía oírla en su cabeza a punto de reventar…has alcanzado el amor puro, hija, ya no necesita razones, ahora te quiere siempre…Gabriel te quiere siempre…Gabriel te quiere siempre.

Pero un día Gabriel se fue. Se fue para no volver. Lo sabía. De allí no se vuelve. Nadie vuelve.

Una noche, muy borracho, llega a casa, dando tumbos. Como tantas veces. Como siempre. Huele a tabaco, a cerveza rancia, a sexo. Apesta a putas.
A oscuras, entra en la habitación.
Ya sabe lo que va a pasar. Su cuerpo, tan habituado. Está preparada.
Gabriel tropieza con sus zapatillas, colocadas al lado de la cama, exactamente encima de la marca dónde le ordenaba ponerlas. La cabeza de Gabriel se estrella contra la cómoda que su madre le había dejado en herencia.
Sólo una vieja cómoda y unos cuantos consejos sobre el amor puro. Gracias, mamá.
El ruido. Como a madera rota. Como a hueso roto.
Gabriel, con borbotones de sangre saliendo de su cabeza partida, saca una navaja y tira cuchilladas contra la forma que se acurruca debajo de las sábanas.
El acero atraviesa el colchón en varios puntos.
Un muelle sale disparado. Sería gracioso en otras circunstancias.
La mano de Gabriel ávida de amor, se eleva una última vez. La navaja ávida de sangre se hunde en su pierna. La primavera inunda las sábanas, amapolas rojas se extienden por la blancura impoluta del lecho maldito.
Gabriel aterriza en la moqueta, que sedienta, se empapa de su sangre.
Se queda inmóvil.
Al lado de la cama.
Gabriel se va. Se está marchando poco a poco. En un acto de amor le deja su herencia.
Sólo una herida profunda en la pierna y raudales de amor puro. Gracias, cariño.

(continuará…)