Si te interesa el relato, deberías leer primero, Herida de amor (I), si llegas aquí gracias a una de esas sendas insospechadas de Google, pues tú decides..

…Gracias cariño… Gracias cariño…
En estado febril, repetía una y otra vez aquellas palabras.
Palabras que la aferraban a este mundo, mientras la vida intentaba escabullirse por la puerta de atrás, dejando dos tristes cadáveres, en una triste habitación, de un barrio triste y miserable.
Pasan las horas.
La fiebre. La sangre seca sobre las sábanas. El olor dulzón a muerte en la estancia. Gabriel tirado en el suelo. Ella tendida en la cama. La fiebre.
Poco a poco se despierta. Milagrosamente, la herida ha dejado de sangrar. La vida, atrapada in fraganti en su huida, es obligada a retornar.
Vive. Pero está sola. Más sola de lo que nunca antes se haya sentido.
Mira hacia el suelo. El cadáver de Gabriel.
Nunca pensó que vería una escena similar.
Siempre se imaginó la situación contraria.
Ella en el suelo, desangrada. Gabriel con los pies balanceándose en el precipicio de la muerte.
Debería sentirse liberada. Libre al fin. Libre de su maldita familia. Libre de su maldito marido. Libre de Gabriel.
Pero estaba sola. Más sola de lo que jamás se había sentido.
Apartó la sábana pegada a su cuerpo.
La herida. Escocía. Dolía. Palpitaba.
Otra muerte en su vida y otra gran herencia. Una herida profunda y dolorosa. Un recuerdo. Una especie de tatuaje. Era todo lo que le había dejado Gabriel. Y amor, claro. Mucho amor.
Pasaron los días.
Pasaron, también, unos cuantos policías. Unos cuantos forenses. Unos cuantos periodistas. Un par de titulares en el periódico local.
Sola.
Pasaron los días y el recuerdo de Gabriel comenzó a cerrarse. La herida se curaba. Cada día perdía un poco de aquella herencia. Olvidaba el horror vivido.
El cuchillo muy afilado comenzó a hundirse poco a poco en la herida reciente. Comenzó a sangrar. Un hilillo rojo, deslizándose por sus muslos. La calidez de la sangre. El olor dulzón. Su recuerdo, la reconfortaba.
Todos los días tomaba el cuchillo y abría la herida. Con los dedos, la acariciaba. Chupaba la sangre que se escurría. Se alimentaba de sí misma y de sus recuerdos.
Pasaban los días.
El muslo, otrora blanco, presentaba un color enfermizo. Alrededor de la herida, un pus, blanquecino, supuraba.
El dolor era continuo, pero todos los días obraba el ritual. De ninguna manera permitiría que, aquella herida, se cerrase sobre sus recuerdos y se llevase todo lo que le quedaba.
Las uñas negras, sangre seca, buscaban con ahínco y se introducían un poco más hacia dentro. Era su viaje interior. Literalmente, un viaje al interior de sí misma. Los dientes amarillos limpiaban la costra negra de los dedos. La lengua negra recorría el filo rojo del cuchillo.
Pasaban los días.
Los primeros gusanos jugueteaban en la sima abierta de sus muslos. Salían de la herida y resbalaban. Amontonándose en las sábanas. A cientos. Aquella vida fugitiva que a punto había estado de escapar, ahora se abría paso, a borbotones, desde su interior. Con el dedo índice, cogía aquellos vástagos. Lamiendo sus uñas negras, le parecieron simplemente deliciosos. Los cogía con dos dedos, temblorosos, apestosos. Los miraba. Los devoraba.
La herida había invadido el muslo, que presentaba un color oscuro, un olor nauseabundo.
La fiebre volvió a devorarla.
La vida, ahora sí, consiguió abrirse paso, huir definitivamente de aquel infierno.
Ella, desnuda, en la cama, una herida, una pierna gangrenada, un recuerdo olvidado. Entre delirios. Grita. Gabriel abre la puerta huele a tabaco, a cerveza rancia, a sexo. Apesta a putas. Aquella sonrisa que la volvía loca cuando lo conoció, brilla rabiosamente en su cara.
Ella es encontrada cuatro meses después. Nadie ha notado su ausencia. Nadie ha denunciado su desaparición. No le ha importado a nadie.
Es encontrada muerta en su habitación. La policía no indaga las causas. La prensa obvia los detalles.
Sólo el olor a muerte alertó a los vecinos de la muerte de una mujer sola.