Ayer tuve un ataque profundo de nostalgia, de esa que te agita, que te hace sudar la espalda, que provoca una revolución interior, que te hace segregar hormonas y confunde tu cuerpo y tu alma se debate entre la alegría exultante y la tristeza del que se siente miserable.
Ayer retrocedí veinte años.
Me puse mi chupa de cuero, mis “boogies” y volví a peinar mi tupé.
Volví a quedar con los colegas, como hacíamos todos los sábados. Religiosamente la tribu se dirigía en masa a la caverna llamada Dos de Copas, a adorar las sombras lisérgicas de aquellas paredes. A escuchar las mismas oraciones que ya habían rezado otros chavales como nosotros. Oraciones gritadas por el reverendo Wayne Kramer, plegarias arrancadas del propio infierno por Iggy Pop o extasiarse con los salmos de Radio Birdman, Fuzztones, Television, The Sonics o la sacerdotisa Patti Smith.
Por suerte, en aquel antro underground, nosotros teníamos nuestros propios ídolos, no compartidos con nadie. Teníamos nuestro propio grupo de referencia, Los Contentos. Los Contentos eran nuestros. Todos los sábados aparecían antes o después. Todos los mirábamos, eran los pequeños dioses del local. De vez en cuando, montaban su concierto. Un concierto casi para los incondicionales, para los que siempre estábamos allí. Hacían un garage seco y primitivo cuando nadie hacía garage. Hacían versiones de los MC5 cuando ni dios conocía a los MC5.
Fueron unos adelantados, fueron de provincias, fueron de Lugo, fueron unos malditos y se convirtieron en un grupo de culto.
La juventud, los egos y las drogas fueron una mezcla explosiva que acabó con el grupo de forma meteórica. Apenas unos años, apenas unas canciones, un par de vinilos que suenan horrible, pero unos directos que eran impresionantes.
Esta misma semana se cumplen 23 años de su último concierto. Yo juraría haber estado allí, en la sala de conciertos de Lugo, con un lleno hasta la bandera. Juraría recordar el sudor de los incondicionales, de lo apretados que estábamos y de que fue un concierto de la hostia. Lo juraría, pero en mi cabeza, quedan sólo retazos de aquel día. Vivíamos el presente, Los Contentos, de Lugo, de nuestra ciudad, seguirían dando conciertos para nosotros, los incondicionales. Los que alguna vez montamos todo un concierto, arrastramos todo su equipo de sonido, sus guitarras y sus instrumentos por apenas 1500 pesetas. Siempre pensamos que seguirían ahí. Aquel día nadie juraría que estábamos viendo el último concierto de Los Contentos. Vivíamos el presente y la palabra último no existía en nuestro diccionario.
Ayer me puse mi chupa de cuero, mis “boogies” y volví a peinar mi tupé.

Todo esto viene por la emotiva presentación del libro biográfico de Los Contentos, titulado “Cuando ríes” de Fernando Rego y el propio Piti Sanz.
Así sonaban a finales de los 80.