Desde pequeño me ha gustado la tecnología. Desde aquellas “maquinitas” con las que me pasaba horas y horas intentando hacer puntos y más puntos, hasta el primer “ordenador” un ZX Spectrum con el que empecé a hacer los primeros pinitos o aquellos ¿imprescindibles? cursos de Basic en una academia que tenía el futurista nombre de Goto2000. En los primeros ochenta, el 2000 parecía la barrera que separaría el viejo y el nuevo mundo. El viejo mundo con sus viejas técnicas de trabajo y de optimización, en comparación con el nuevo mundo lleno de robots y donde la eficiencia sería la clave.
Recuerdo discutir mucho con mi padre sobre ese futuro radiante que vislumbraba en mi activa imaginación. Mi padre que había visto cosas que nuestra generación no creería, tenía un concepto más pesimista del futuro. Pesimista para mí, un chavalín imberbe con una cabeza muy soñadora; pasados los años, creo que aquel pesimismo, hoy lo llamaría la propia experiencia del vivir.
En aquella discusiones, yo siempre le decía que en el futuro, las máquinas serían la principal fuerza trabajadora. Habría robots para todo. Para las tareas más aburridas, como las domésticas. Para las tareas repetitivas, que no necesitaban un esfuerzo creativo, como en las cadenas de montaje, limpiar las calles. Para las arriesgadas, para evitar riesgos innecesarios.
Robots, robots y más robots. De todos los tipos, antropomorfos o con forma de vieja cafetera, móviles o estáticos, grandes o minúsculos, parlanchines o mudos.
Los robots no serían simples aparatos, ellos tendrían la responsabilidad indirecta de ser los artífices de la siguiente revolución de la Humanidad. Es más, la implantación masiva de estos artefactos sería LA REVOLUCIÓN. Con todos esos aparatos haciendo las tareas más aburridas, desagradables y peligrosas, la Humanidad sólo tendría que dedicarse a hacer aquello que realmente quisiera hacer. Los hombres y mujeres del futuro sólo se dedicarían a aquellas tareas que realmente quisieran hacer. Se dedicarían a trabajar en aquello que realmente los realizara como personas, que exprimiera su potencial para una Humanidad mejor y más justa. El que quisiera ser panadero, lo haría por vocación, por la pura satisfacción de hacer el mejor pan; la profesora sería la más válida, pues sólo la motivaría el hecho de enseñar, de enseñar por puro placer; el agricultor cuidaría y cultivaría la tierra por el placer infinito de dar alimento sano y nutritivo a los demás…
La utopía firmemente enraizada en la tecnología, una tecnología para hacernos más libres, más felices, realizados como seres humanos.
Mi padre, entendiendo mi entusiasmo juvenil, sólo me decía que esos robots sólo generarían miseria y que la mayor parte de la clase trabajadora acabaría perdiendo sus empleos, malviviendo y trabajando por sueldos miserables para aquellas empresas que emplearían humanos, sólo porque serían más baratos que los robots. Mi inocencia era incapaz de ver la maldad escondida detrás del salvaje capitalismo.

Han pasado los años.
Ahora tengo más que aquel padre que intentaba, como buenamente podía, explicar un trocito de la realidad.
Han pasado los años y no veo robots por casi ningún sitio. Haberlos, los hay. Pero son minoría.
Han pasado los años y la clase trabajadora, asfixiada por el sistema, manipulada por los medios, ensordecida por falsos cantos de sirena, embobada en su propia existencia, se ha dejado arrebatar un futuro prometedor. Se ha dejado embaucar por la promesa de lo material, se ha hipotecado por las cosas, se ha cosificado hasta convertirse en una más.
Siglos después la clase obrera se ha vuelto proletaria, no tanto en el sentido marxista, como en el sentido primigenio de proletarii.

La utopía de el mejor y más justo mundo de todos los tiempos, se ha convertido en la pesadilla de millones de hombres y mujeres que están perdiendo su condición de seres humanos para convertirse en robots autómatas de un distópico sistema.