Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad porque su avanzada edad y las durísimas condiciones del planeta rojo le obligaban a ser realista. Sinceramente, no tenía ni los ánimos ni las fuerzas para soportar, en aquella inhóspita soledad, otros 687 días hasta la siguiente Navidad.
Se obligó a dormirse y a soñar con otra Navidad que, probablemente, no llegase a ver.