Maldito disfraz
Las estaciones de autobuses son lugares curiosos que suelen tener su “fauna” asociada. Esta fauna está compuesta principalmente por los típicos frikis que hay en todas las ciudades y que tienen especial querencia por estos lugares. También está repleta, supongo que como contrapunto de tanto movimiento, de ancianos que pasan prácticamente todo el día sentados en los bancos viendo el trasiego de gentes que van y vienen de forma continua.
El otro día, montado ya en el autobús que me llevaría a casa, observé como un anciano de aspecto irreprochable, se sentaba en un banco que estaba ocupado por una joven. En seguida, el anciano intentó entablar conversación con la chica, que correspondía atentamente a las palabras del señor. La escena resultaba interesante, como dos desconocidos, separados por varias decenas de años estaban en lo que parecía una animada conversación. Ahora, me dije, entiendo que estos ancianos se paseen por aquí, siempre puede haber alguien que nos dé una sorpresa y nos anime la tarde.
En esas estaba yo ensimismado viendo la situación, cuando la cosa de repente empezó a cambiar. El anciano, estaba cada vez más animado y se empezaba a acercar cada vez a la chica, que ahora ya no seguía la conversación mirando a la cara del anciano, si no que simplemente asentía con la mirada perdida.
De pronto, el amable anciano, que podía ser uno de nuestros abuelos, se quitó el disfraz que llevaba puesto. En su cara se reflejó una sonrisa lujuriosa y en sus manos un tic que le llevaba a rascarse sin pudor, una parte de su anatomía que hasta hacía poco tiempo semejaba completamente adormecida.
La cara de la chica también se transformó por completo y ante un comentario del viejo, ella se giró y lo miró directamente a los ojos y con una sonrisa incrédula empezó a negar con la cabeza, como si no fuera capaz de comprender que aquello le estaba pasando a ella. Al momento, la muchacha se levantó mirando con repugnancia a su compañero de banco y se fue. El la siguió con la mirada, no fuera a ser que aquel gesto repugnante, fuera una invitación para sabe dios qué, sin duda pensando que ya se sabe que las mujeres cuando dicen no, en realidad se mueren de ganas de decir sí. Al final viendo que su estrategia había fallado, se levantó como si tal cosa, volvió a ponerse su disfraz de abuelo y abandonó el lugar.
Ante situaciones como esta o similares, me avergüenzo por tener que llevar este disfraz de macho que el azar cromosómico me obliga a llevar…
Noticias del mundo
Autor: Lughnasad
Octubre 4th, 2007 at 10:14
Buen observador… si es que no se puede ser amable, que le das la mano y se creen con derecho a lo que quieran…
Para que nos demos cuenta que los años, no siempre nos dará sabiduría.
No hay que avergonzarse de ser hombre o humano… pero es positivo ese “darse cuenta” que tenemos que respetar a nuestros semejantes y no abusar de la buena fe malinterprentándola.
Un saludo.
Octubre 4th, 2007 at 16:49
Exageraba un poco con lo de la vergüenza, pero de verdad que muchas veces veo comportamientos masculinos que me repugnan. Los clásicos tíos de 50ypico que un viernes a la noche salen a “ligar” a chavalas que podían ser sus hijas. Y no me repugnan por que intenten ligar, están en su derecho, me asquean por ciertas actitudes, ciertas miradas, los codazitos que se dan los “machotes”…
Octubre 5th, 2007 at 13:05
Las estaciones de autobuses y otros lugares de techo fácil y cuartos de baño igualmente accesibles suelen servir de albergue a personas socialmente marginadas. Esta asociación con el “viejo verde” está, sin embargo, injustificada. Probablemente, el hombre es un abuelo más, que podría ser el de cualquiera. Un hombre, tal vez del campo, con su mujer y sus nietos, que eventualmente viene a la ciudad para encontrarse con chicas jóvenes y excitarse corrompiendo la misma inocencia. No hay disfraz sino un interior podrido resignado frente a su propia miseria, y que ya ni siquiera las putas le ayudan a soportar.