Las despedidas
Como cada mañana se acercó a ella despacito, para no despertarla. Llegó hasta la cama y acercó la boca hasta su cuello. La besó apenas rozando su piel, aspiró su aroma cálido, embriagador y le susurró muy bajito: Te quiero. Ella, en la frontera del sueño, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y sólo pudo contestar con un sonido gutural de placer. Él se dio media vuelta y, descalzo para no hacer ruido, salió de la habitación. Nunca pudo saborear el hecho de que esa sería la última vez que olería su cuerpo cálido y dormido. Por suerte, ella recordaría durante años aquel maravilloso ritual diario, aquel breve e intenso TE QUIERO de cada día. Gracias a eso pudo resistir las primeras noches del invierno sin su presencia.
Como cada mañana cerró la puerta de la habitación dando un golpe, con la esperanza de que la zorra despertase de una puta vez. Salió de casa regalando otro portazo, sintiéndose cojonudamente bien, sin saber que ese portazo sería el último que daría en aquella casa y en su vida. Cuando sonó el teléfono y la policía le comunicó lo sucedido, ella sólo pudo sentir el alivio de que nunca más tendría que soportar otro portazo.
Abstractonautas, Auto Relatos
Autor: Lughnasad
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