Ángel González, poeta que recientemente ha ido a reunirse con sus versos, dejó veintisiete poemas inéditos, que Visor publicará próximamente bajo el título de Nada grave. Al estilo de los grandes faros del zen, da la impresión de que el hombre, acostumbrado a bucearse a sí mismo, comenzaba a oír a lo lejos la llamada de la tierra y, como siempre hizo, como tantos hicieron, dejó que sus paisajes hablaran a través de su pluma. Un ejemplo:

Y me vuelvo a caer desde mí mismo
al vacío,
a la nada.
¡Qué pirueta!
¿Desciendo o vuelo?
No lo sé.
Recibo
el golpe de rigor, y me incorporo.
Me toco para ver si hubo gran daño,
mas no me encuentro.
Mi cuerpo ¿dónde está?
Me duele sólo el alma.
Nada grave.

sinprincipionifinal

Es tradición en el camino zen que cuando un maestro está a punto de darse la vuelta, deje a su comunidad un poema de despedida. En muchos casos, este último rayo es su obra cumbre, muestra la hiriente belleza del ocaso con el fulgor de la realidad tal y como es vivida por un ojo desempañado. Veamos:

Hoy, pues, es el día
en que el muñeco de nieve que se derrite
es un hombre.
Fusen

Se enciende
tan tenuemente como se apaga:
una luciérnaga.

Chine

Cincuenta y cuatro años,
siguiendo el camino de los cielos.
Ahora por encima
sobrevolando,
haciendo añicos cada barrera
¡Asombroso! Desatar todas las ataduras
y todavía vivo, hundirse en el Amarillo de las Primaveras.

Dogen, reinterpretando a Ju-ching

Aunque el último poema de Dogen, escrito en el otoño del año Kencho (1253), y titulado Mujo (impermanencia), reza así:

Pensaba verla de nuevo
el próximo otoño,
la luna…
Pero, esta noche
¿por qué me impide dormir?