Como cada año, Mahamadou Mbuto regresó a su tribu, que como cada año estaba esperando que su hechicero volviese con nuevas visiones y relatos legendarios. La gente de la tribu no sabía cómo conseguía Mahamadou tener esas maravillosas visiones, lo único que sabían era que, Mahamadou se internaba en el desierto sin fin, con apenas unos pellejos de agua, algo de carne de gacela seca y sus raíces de iboga. Al cabo de 6 meses exactos, el pueblo mataba alguno de sus corderos, invitaba a músicos de los alrededores y esperaba pacientemente a que Mahamadou regresara de nuevo. Y Mbuto nunca defraudaba a su tribu y regresaba fielmente a su cita.

En la noche de llegada Mahamadou solía reunir a todo el pueblo y contar una de sus historias. En esta ocasión la historia fue la siguiente:

Cuentan los ancianos que más allá del desierto sin fin se encuentra el lago de la muerte. Un lago salado enorme que muy pocos hombres han llegado a cruzar en sus barcas y ninguno ha vuelto para contar las maravillas que se encuentran a la otra orilla. Pero esta noche, esos secretos os serán revelados. Mahamadou, el que viaja más allá, os contará cómo es el país de los espíritus. Más allá del lago salado habitan unas tribus compuestas por hombres y mujeres blancos, de pelos lisos, de aspecto débil, pero que gracias a su sabiduría han logrado crear cosas que no imagináis.

La tribu se encontraba expectante, sabían de la destreza de Mahamadou para contar historias y la de hoy, seguramente pasaría de boca en boca durante años.

Esas tribus de gente blanca viven en chozas, de materiales tan resistentes que un hombre no es capaz de atravesarla con su flecha y que aguantaría sin problemas la embestida del elefante. Son chozas grandes, incluso más grandes que las lovoas del bosque.

La gente gritó de excitación, eran incapaces de imaginar una construcción más grande que las lovoas, pero Mahamadou los estaba transportando a esos lejanos parajes que existían únicamente en su cabeza.

En el interior de las chozas tienen toda clase de artilugios asombrosos. No tienen que andar un paseo de cebra para traer agua, sólo con girar un palo mágico, el agua brota de la nada. Agua fresca y pura del mejor manantial. La comida surge de la nada, abren sus pellejos y siempre están repletos de comida, nunca arriesgan la vida para cazar, tal es la magia que emplean. Las gentes se comunican entre chozas gracias a piedras mágicas que llevan los sonidos de un lugar a otro. Han domesticado a animales desconocidos aquí. Unos son pequeños y los usan como medio de transporte para la familia, otros son enormes y viajan familias enteras. Incluso he visto pájaros gigantes domesticados…

La tribu estaba maravillada, era el mejor relato que habían escuchado nunca. Unos pensaban que este año la cosecha de iboga era especialmente potente, otros achacaban el éxito exclusivamente al hechicero, sin duda, el mejor de las últimas generaciones. El relato continuó el resto de la noche y el amanecer puso, al fin, término a la historia de la tribu más allá del lago salado.

Al día siguiente Mahamadou hizo la rutinaria visita choza por choza para alejar los malos espíritus que siempre acechaban, esperando cualquier oportunidad para castigar a los hombres. Como buen hechicero, siempre llevaba los remedios en su bolsa de cuero, piedras blancas para las fiebres, líquido rojo de las raíces de plantas para la tos, polvos extraídos de las hojas para la quemazón. La tribu sabía que contaba con uno de los mejores curanderos que habían tenido jamás.

Pasaron los seis meses y Mbuto se preparó para otro viaje a través del desierto para lograr conocimientos al alcance de muy pocos. El último día, como de costumbre, era el momento de la adivinación y las visiones de Mahamadou no eran, este año, halagüeñas e intentó preparar a la tribu para tiempos difíciles, para tiempos de cambios.

Cogió sus pellejos de agua, su carne de gacela, las raíces de iboga y emprendió el viaje. La tribu al completo lo acompañó con gritos y cánticos hasta los confines de los territorios seguros. Mahamadou se giró y dio el primer paso de una larga travesía, mientras los cánticos se perdían en la lejanía, el rostro de Mahamadou estaba empapado por amargas lágrimas, las últimas lágrimas que derramaría en tierras africanas.

-Manolo, joder, atiende a lo que haces. Esa pared está torcida, es que no lo ves.
-Sí señor, es que me da miedo la altura, respondió Mahamadou.
-Me da igual, pon bien esos ladrillos y déjate de hostias que no estás en África de vacaciones.

Mahamadou, Manolo para sus jefes, se desplomó esa misma tarde del Edificio Atalaya. Cayó de la altura de 2 alovas y ni su magia ni su espíritu de hechicero lograron salvar su vida.

Seis meses después, una tribu africana se prepara para celebrar la fiesta de bienvenida al mejor hechicero que tuvieron jamás…