Una de las cualidades que definen al ser humano y que lo diferencia de otros animales, es la capacidad de comunicarse, la necesidad innata de comunicación.
La aparición del lenguaje como tal, es un tema complejo y existen diferentes teorías para intentar explicar cómo se pudo originar.

Imagina a los primeros seres humanos, alrededor de una presa, lanzándose miradas, haciéndose gestos, emitiendo sonidos guturales de satisfacción o advertencia. Al principio, podría haber una comunicación simplemente gestual, que iría evolucionando hasta la aparición de un lenguaje tal y como lo conocemos hoy en día.
En esas primeras fases de la comunicación verbal, los ancianos contarían historias del pasado, irían tejiendo los mimbres de una cultura, con sus mitos y leyendas, sus epopeyas y sus desgracias. Algunas caerían en desuso y se perderían en las circunvoluciones de la historia de la Humanidad, otras estarían vigentes durante generaciones, pasando de generación en generación, contaminándose, enriqueciéndose, inventándose, año a año, tribu a tribu.

Algunos pensarían que sus actos heroicos o la necesidad imperiosa de compartir su propia visión del mundo, tendrían que estar por encima de la transmisión oral. Comunicación y ego, ya inseparables. Un día de lluvia, poco propicio para la caza, un anciano vuelve a contar a los pequeños de la tribu cómo su actual líder cazó a aquel formidable mamut. Mientras, uno de los cazadores menos hábiles, refleja en la pared de la cueva el magno evento. Utiliza unos carboncillos, restos de la hoguera comunal, y una pasta de arcilla roja. Ambos sirven para inmortalizar la hazaña. Durante años aquellas pinturas grabadas serán el testimonio más fiable de lo ocurrido.

La evolución biológica y cultural se retroalimentan. Ahora que se puede transmitir el conocimiento, la velocidad de transformación de la Humanidad aumenta considerablemente: aparece el primer lenguaje escrito del que tenemos restos: la escritura cuneiforme de los Sumerios.

Unas tablas de arcilla elaboradas por seres humanos que, buscando la inmortalidad, tuvieron la necesidad de comunicar, propagar y hacer durar sus elaborados pensamientos. Sin embargo, su escritura quedó en el olvido hasta que 6000 años después Rawlinson y Hincks, resucitaron el milagro Sumerio.
Casi al mismo tiempo, aparecieron otros lenguajes escritos en la dura piedra. Se intentaba asegurar un sistema fiable y perdurable, pero laborioso y lento. En Egipto aparece la escritura jeroglífica, un sistema complejo, una escritura al mismo tiempo figurativa, simbólica y fonética, en un mismo texto, una misma frase, prácticamente casi diría en una misma palabra, palabras textuales de Champollion, para siempre ligado a la Piedra de las piedras, Rosetta.
Sin embargo, la piedra era poco eficaz para ser empleada como soporte rápido de la forma escrita, se necesitaba algo ligero, transportable y duradero. Egipto, de nuevo Egipto, inventó el precursor del papel: el papiro. El papiro llevaba asociado, además, una forma de escritura diferente, el hierático, más sencilla y estilizada, que facilitaba la escritura. Papel, pluma y un lenguaje resumido, la facilidad de la comunicación, por encima de todo.


El papiro se obtenía fácilmente en Egipto, pero no en otros lugares, de modo que fue necesario buscar alternativas. En China se inventó el papel a partir de residuos diversos: seda, algodón, arroz, cáñamo. El invento del papel se fue extendiendo como la pólvora, para que chinos, japoneses y árabes pudiesen reflejar el ansia de comunicarse. Fueron estos últimos, los que introdujeron el papel en Europa.

A pesar de los progresos técnicos en el soporte de la escritura, la comunicación por este medio llevaba milenios estancada en un punto: la escritura era hecha a mano y, generalmente, por un reducido grupo de personas de formación académica elevada, instruidos en muy diversos temas y con un carácter casi sagrado. Los escribas ya aparecieron con la propia comunicación escrita en la propia Sumeria y su importancia llega hasta la Edad Media. En todas las culturas con comunicación escrita, hubo gente especializada: los dub-sar en Sumeria, los escribas en Egipto, los tlaculios en América Central, en los monasterios europeos, los monjes eran los encargados de la ardua tarea de copiar los libros a mano.

De nuevo en China, surgió la idea de un aparato, que pudiese facilitar la difusión del conocimiento de forma rápida y eficaz, Bi Sheng, inventó una especie de imprenta de tipos móviles, basada en piezas de porcelana. Casi 400 años más tarde, Gutenberg revolucionaría la forma de comunicación escrita con la invención de la imprenta moderna. Con el papel a precios asequibles y la rapidez de la imprenta, comenzó la historia imparable de la comunicación escrita. De hecho, el invento ha llegado hasta nuestros días, y el libro ha sido el mayor difusor del pensamineto Humano.

A finales del siglo XIX, principios del XX, se empezaron a desarrollar otros sistemas de comunicación, otra forma de contar historias. Primero la fotografía, igual que la pinturas rupestres, sirvió para dejar constancia de hechos. Un conjunto de fotografías en movimiento dio lugar al nacimiento del cine, los hermanos Lumière, acababan de inventar otra forma de comunicación, la basada en imágenes en movimiento. Casi al mismo tiempo, se inventó la radio y, como el anciano de la tribu, se recuperó la tradición oral. La unión de ambos creó el lenguaje audiovisual, sin el que sería imposible entender el siglo XX y que caracteriza el comienzo del nuevo milenio.

La cantidad de información cada vez es mayor, por lo que se hace necesario un cambio revolucionario. Los soportes analógicos, los únicos durante miles de años, se ven relegados a una posición secundaria, surge el fenómeno de la digitalización: todo se vuelve digital. Como es lógico, lo digital necesita de un soporte diferente. Dicho soporte evoluciona de forma vertiginosa tanto en formatos como en tamaño: disquetes, cd-rom, dvd, blue-ray o memorias USB. En la actualidad, podemos almacenar en un disco duro, apenas del tamaño de un libro y un kilogramo de peso, tanta información como en la soñada Biblioteca de Alejandría. En un disco de un TB caben aproximadamente 1.000.000 de libros, en poco más de cien de estos discos podríamos almacenar los 129.864.880 libros que se calcula se han publicado en el mundo.

En el marco de esta vorágine de capacidad de almacenamiento, internet ha conseguido dar el empujón definitivo: democratizar el hecho de comunicarse, sea en el formato que sea. En la actualidad la necesidad de comunicación se ve en los fenómenos de los blogs, redes sociales, youtube…De nuevo volvemos a contar historias, generalmente a un reducido grupo de personas, vosotros sois aquella pequeña tribu del principio de la historia.
La tendencia general se puede resumir en: miniaturización y economía en el formato y mayor capacidad de dispersión del mensaje. Sin embargo, esta tendencia lleva asociada un problema al que apenas se da importancia: la durabilidad. En un ambiente no controlado y sin los debidos cuidados, los libros y los dispositivos de almacenamiento apenas durarían 100 años. Si, de pronto, desaparecemos de la faz de la tierra, todo nuestro saber actual, apenas nos sobreviviría en esta escala temporal. Paradójicamente, los medios más antiguos, como las pinturas rupestres o los escritos jeroglíficos egipcios, perdurarían más en el tiempo, que el saber de la generación actual.
Así que, en caso de desastre, este escrito apenas durará lo que una vida humana, mientras que el anónimo pintor rupestre seguirá muchos años contando su historia de un día de caza glorioso.

P.D.: esta anotación no debe tomarse como un escrito riguroso ni científica ni históricamente. En él se han resumido muchas partes, se han tomado ciertas licencias y se han hecho dramatizaciones de lo que pudo haber ocurrido. Pese a esto, es evidente que guarda cierta coherencia temporal e histórica.