Aquel niño de apenas cuatro años solía escaparse de la burbuja protectora de la casa de sus abuelos para ir caminando solo hasta el pie de aquel viejo Roble. Aquel era su rincón secreto, solía abrazarse al tronco y pasarse horas escuchando el pulso de la vida del árbol. En muchas ocasiones, permanecía tanto tiempo inmóvil, que podía contemplar cómo otros animales se cobijaban también en la sombra protectora y vital del viejo árbol. Tarde o temprano acababa escuchando los gritos de su abuela, preocupada por la ausencia de su nieto, y el hechizo se rompía. El árbol dejaba de latir y sus animales compañeros, volvían a ver en él, al pequeñuelo humano que siempre temían.
Pasaban los años y el niño crecía, pero su jardín secreto seguía siendo su lugar preferido.
Roberto intentó en varias ocasiones compartir aquel lugar con sus dos íntimos amigos, pero ellos nunca experimentaron la magia que se producía bajo la copa de aquel árbol. Eso para Roberto era inexplicable, pues parecía que él era el único en percibir la vitalidad del lugar. Al final sus amigos dejaron de acudir a aquel lugar, si Roberto les hubiera preguntado, ellos le contestarían aquel lugar les provocaba escalofríos, se sentían como profanadores, sucios, rechazados por fuerzas que desconocían y que no tenían intención de descubrir. Así que, de nuevo, se vio obligado a disfrutar de su rincón en soledad.
Años más tarde, Roberto, hecho ya un mocetón, conoció a Rebeca en las fiestas de un pueblo cercano. A los pocos meses empezaron a ser algo más que amigos y Roberto llevó a Rebeca a visitar a su amigo el Roble. Tenía la vaga esperanza de que se obrase el milagro, pero nada extraordinario sucedió. Al cabo de 3 años, se casaron y tuvieron hijos y los años pasaron. Roberto seguía visitando su Roble, seguía abrazándose a él, como cuando era niño, y seguía sintiendo las mismas emociones. Un otoño llevó a sus dos hijos al lugar a recoger unas bellotas para plantar cerca de casa. Ese fue el último otoño que Roberto se paseó por allí…

Hoy Rebeca lleva una pequeña vasija entre sus manos. Perece mentira que toda una vida quepa en un recipiente tan pequeño. Sin rumbo aparente, Rebeca toma el camino que tantas veces vio tomar a su marido, adentrándose en el bosque. Finalmente llega a un lugar que cree haber visitado hace muchos años. Recuerda que Roberto había insistido mucho en ir a aquel sitio. Lo notaba nervioso. También recuerda la cara interrogante de su fallecido marido y la decepción que se reflejaba en su rostro cuando volvieron a casa. En esos momentos, siente la necesidad de arrojar las cenizas al pie de aquel árbol. Le parece una locura, pero en un acto reflejo las arroja al viento. De pronto, una insólita luz parece acariciarlo todo, oye la música de la naturaleza y de forma irreflexiva se abraza al árbol y comienza a llorar…
La senda del bosque que conducía al jardín secreto nunca quedó ahogada por la maleza pues una mujer acompañada de dos niños la recorre casi todos los días.