Hoy no voy a hablar de Willy Wonka y su fábrica de azúcar, si no de un mundo que, hace años, nos asustaría fantasear.
Un mundo, donde los presidentes elegidos reciben dinero de terroristas para sus campañas electorales financiar; donde los partidos políticos reciben créditos de unos bancos que no pueden controlar; donde las grandes empresas financian dictaduras para conseguir materias primas a bajo coste, mantener empleos de miseria y fortunas, amasar.
Un mundo que se agota, insostenible, para que unos pocos puedan disfrutar de placeres que no se podían ni imaginar, mientras unos niños, africanos, se mueren de fiebre porque no tienen apiretal; donde las farmaceúticas inventan síndromes que no existen, pero sí pueden recetar; donde se registran los sueños agrarios de personas que sólo quieren cultivar, aquello que sus abuelos les dejaron, otros lo quieren patentar; patentar la vida, qué ingenuidad.
Un mundo en el que el capitalismo caído se iba a refundar, si todo se ha caido que no se vuelva a levantar; el paraíso que queda es el fiscal, abajo con ellos, como piden los de attac; en la vida, como en el casino, la banca ha vuelto a ganar.
Un mundo donde la sociedad saciada solo piensa en el sofá, en las copas del fin de semana y salir a la calle a fumar; donde los 110 nos duermen, aprovecha para soñar y desterrar un mundo de fantasía que se ha hecho realidad.