El futuro lleva estando en el campo desde el primer momento en el que una mujer comenzó a recoger algunas semillas y, siguiendo los pasos de aquellos pájaros despistados comenzó a sembrarlas. Aquella mujer fue una de las impulsoras de una revolución humana sin precedentes, sin embargo, también plantó, sin saberlo, una de las semillas del capitalismo. Durante generaciones, los hombres siguieron plantando y transformando aquellos vegetales silvestres, para hacerlos más productivos, más sabrosos, mejor adaptados a las condiciones del nuevo hábitat de una huerta. Ellos plantaron la semilla de la propiedad privada, los excedentes producidos podían cambiarse por otras materias primas, una incipiente red comercial empezaba a consolidarse.

Han pasado cientos de generaciones y las sucesivas revoluciones se alejaban cada vez más del campo para hacerse más urbanas, hasta el punto que la penúltima revolución rural estuvo cocinada en la ciudad y en los despachos de la universidad. La revolución verde acabó con el idilio hombre-naturaleza, para convertir el campo es una gran industria de producción masiva.

Después del shock inicial y las falsas promesas de prosperidad o la ilusión de alcanzar la utopía de acabar con el hambre en el mundo, el medio rural anestesiado entre subvenciones, precios de miseria o la presión de las grandes corporaciones, está empezando a salir de ese sueño resacoso. Cada vez más agricultores vuelven al viejo anhelo de vivir del campo de una forma más natural, pero para ello hay que romper cadenas. Las cadenas de las grandes superficies que imponen su productos inmaculados que saben a plástico; las cadenas de los mayoristas, que imponen sus prácticas mafiosas para conseguir, siempre, los máximos beneficios; las cadenas de los productores de semillas que sólo quieren vender sus productos asesinando la biodiversidad; las cadenas de unos compradores embrutecidos por la publicidad que si no compran bajo el calor de una gran superficie, se congelan entre temblores de oniomanía, demasiadas cadenas para la mayoría.

Por suerte, algunos han empezado una pequeña revolución. Una revolución que con suerte se convertirá en un árbol robusto y fuerte, a pesar de nacer como una semilla que con un poco de agua y calor pudo brotar; indefensa en un principio, pero que con los años se endurecerá, dando lugar a ese árbol poderoso que aguanta en pie la peor tempestad.

La revolución es sencilla, romper las cadenas: no comerciar con grandes superficies que no sabrán apreciar, esos sabrosos frutos desiguales que en sus inmaculadas estanterías no podrán colocar; no tratar con mayoristas, el beneficio para quien lo trabaja, el especulador, que rompa la baraja; no comprar a los monopolios de semillas, la naturaleza no se patenta, es una batalla perdida; no vender a compradores compulsivos que ahorran unos céntimos en su comida para gastarlos de forma masiva como si en ello les fuera la vida.

La revolución es sencilla, hay que establecer nuevas reglas, nuevas normas. Establecer cooperativas de pequeños productores, al margen del mercado, que puedan vender directamente su producto, sin ofertas, sin anuncios, sin engaños, sólo producto de calidad. Establecer auténticas redes ciudadanas entre productores y consumidores, las cooperativas también tendrían espacio para los compradores, es necesario que todos se involucren. Esa implicación provocaría que el consumidor tome conciencia de dónde viene lo que come y el agricultor a dónde va lo que produce. Esa nueva e inédita relación sólo puede desembocar en justicia. Justicia en los precios, justicia social, justicia ambiental, responsabilidad.

Los primeros pasos se empiezan a dar, en muchos lugares están empezando a surgir esas pequeñas cooperativas, capaces de abastecer a pequeñas comunidades. El camino es largo, pero la semilla que dio origen al árbol más viejo del mundo no tuvo prisa en germinar ni en crecer, y su fuerza es imparable.