Tag : relato

Written on oct, 27, 2014 by in | Leave a comment

Este microrrelato tampoco tiene mucho que explicar. Es mi aportación al concurso Relatos en cadena, de la Cadena Ser y Escuela de escritores, y la frase inicial, en negrita, es la frase con la que hay que empezar el relato de forma obligatoria.

Una frase, Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad, que marca demasiado los posibles caminos y con una clara tendencia al buen rollismo y a hablar de navidades más humanas y alternativas. Y por ahí tiré yo, por una Navidad, verdaderamente alternativa, en pleno Marte, donde un hombre solitario y al límite, se percata de su extrema soledad y de su cercano e inexorable final, lejos de una civilización que celebra la Navidad como paso del tiempo.

Como relato alternativo estuve a punto de mandar uno hiperbreve, que dejo aquí como curiosidad. Es la frase que remata el relato, pero que, en realidad, fue lo primero que escribí.

“Se obligó a dormirse y a soñar con otra Navidad que, probablemente, no llegase a ver”.

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Written on oct, 21, 2014 by in | Leave a comment

Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad porque su avanzada edad y las durísimas condiciones del planeta rojo le obligaban a ser realista. Sinceramente, no tenía ni los ánimos ni las fuerzas para soportar, en aquella inhóspita soledad, otros 687 días hasta la siguiente Navidad.
Se obligó a dormirse y a soñar con otra Navidad que, probablemente, no llegase a ver.

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Written on ene, 28, 2014 by in | Leave a comment

Espero que en esta vida nunca me suceda nada raro del estilo, cruce de cables y locura cometida, porque este blog iba a ser las delicias de los contertulios y de los “entendidos” que pululan por esos programas de pornografía sentimental en los que se “analizan” todo tipo de crímenes y despropósitos. Sin duda, sacarían un “perfil” ideal del perfecto psicópata/sociópata y se preguntarían cómo era posible que un ser de esa calaña no fuese detectado a tiempo por sus amigos, familiares y demás bichejos de su entorno.

Herida de amor (I y II) surge de un acontecimiento traumático. Estas navidades tuvimos que sacrificar a uno de nuestros perros, protagonista, por cierto, de uno de los más incomprendidos e hilarantes posts de este blog, en el papel de perro policía (algo que nunca llegó a perdonarme, todo hay que decirlo).
Su última mañana, le dimos una de esas pastillas que tomaba todos los días, envuelta en un sabanita de jamón. Como el pobre ya no controlaba mucho, al morder el trozo de jamón, también mordió con ímpetu mi dedo pulgar, dejándome una bonita y dolorosa herida que, por el lugar donde estaba, no dejaba de sangrar. Mientras me vestía y me preparaba para tomar una de esas decisiones complicadas de tomar (llevarlo al veterinario por última vez), miré la herida, y me dije, joder, menudo último regalo…mañana cuando ya no esté, miraré la herida y me acordaré de él…menudo recuerdo. De esa anécdota surge la idea de tener una herida siempre abierta como recordatorio de alguien. Al momento, me surgió la imagen de una mujer tendida en una cama, desnuda, con un cuchillo afilado en la mano, reabriendo una herida empeñada en pasar página.
Por otro lado, llevaba tiempo queriendo escribir una historia oscura y enfermiza, pero no encontraba el marco adecuado y vi que esta historia de la mujer en la cama podía ser una buena candidata para experimentar.
Para componer la vida de la mujer también me ayudó una historia real que me contó el amigo Madialevas en navidades, de una compañera de piso agredida brutalmente por su compañero y que a los pocos meses estaba, otra vez, compartiendo vida con el agresor, una situación que soy incapaz de entender.
Dividirla en dos, fue casual. Me gustaba como acababa el primer episodio y decidí hacerlo así, para crear expectación, algo que conseguí plenamente, viendo el aluvión de comentarios pidiendo insistentemente el final de la historia.

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Written on ene, 21, 2014 by in | Leave a comment

Si te interesa el relato, deberías leer primero, Herida de amor (I), si llegas aquí gracias a una de esas sendas insospechadas de Google, pues tú decides..

…Gracias cariño… Gracias cariño…
En estado febril, repetía una y otra vez aquellas palabras.
Palabras que la aferraban a este mundo, mientras la vida intentaba escabullirse por la puerta de atrás, dejando dos tristes cadáveres, en una triste habitación, de un barrio triste y miserable.
Pasan las horas.
La fiebre. La sangre seca sobre las sábanas. El olor dulzón a muerte en la estancia. Gabriel tirado en el suelo. Ella tendida en la cama. La fiebre.
Poco a poco se despierta. Milagrosamente, la herida ha dejado de sangrar. La vida, atrapada in fraganti en su huida, es obligada a retornar.
Vive. Pero está sola. Más sola de lo que nunca antes se haya sentido.
Mira hacia el suelo. El cadáver de Gabriel.
Nunca pensó que vería una escena similar.
Siempre se imaginó la situación contraria.
Ella en el suelo, desangrada. Gabriel con los pies balanceándose en el precipicio de la muerte.
Debería sentirse liberada. Libre al fin. Libre de su maldita familia. Libre de su maldito marido. Libre de Gabriel.
Pero estaba sola. Más sola de lo que jamás se había sentido.
Apartó la sábana pegada a su cuerpo.
La herida. Escocía. Dolía. Palpitaba.
Otra muerte en su vida y otra gran herencia. Una herida profunda y dolorosa. Un recuerdo. Una especie de tatuaje. Era todo lo que le había dejado Gabriel. Y amor, claro. Mucho amor.
Pasaron los días.
Pasaron, también, unos cuantos policías. Unos cuantos forenses. Unos cuantos periodistas. Un par de titulares en el periódico local.
Sola.
Pasaron los días y el recuerdo de Gabriel comenzó a cerrarse. La herida se curaba. Cada día perdía un poco de aquella herencia. Olvidaba el horror vivido.
El cuchillo muy afilado comenzó a hundirse poco a poco en la herida reciente. Comenzó a sangrar. Un hilillo rojo, deslizándose por sus muslos. La calidez de la sangre. El olor dulzón. Su recuerdo, la reconfortaba.
Todos los días tomaba el cuchillo y abría la herida. Con los dedos, la acariciaba. Chupaba la sangre que se escurría. Se alimentaba de sí misma y de sus recuerdos.
Pasaban los días.
El muslo, otrora blanco, presentaba un color enfermizo. Alrededor de la herida, un pus, blanquecino, supuraba.
El dolor era continuo, pero todos los días obraba el ritual. De ninguna manera permitiría que, aquella herida, se cerrase sobre sus recuerdos y se llevase todo lo que le quedaba.
Las uñas negras, sangre seca, buscaban con ahínco y se introducían un poco más hacia dentro. Era su viaje interior. Literalmente, un viaje al interior de sí misma. Los dientes amarillos limpiaban la costra negra de los dedos. La lengua negra recorría el filo rojo del cuchillo.
Pasaban los días.
Los primeros gusanos jugueteaban en la sima abierta de sus muslos. Salían de la herida y resbalaban. Amontonándose en las sábanas. A cientos. Aquella vida fugitiva que a punto había estado de escapar, ahora se abría paso, a borbotones, desde su interior. Con el dedo índice, cogía aquellos vástagos. Lamiendo sus uñas negras, le parecieron simplemente deliciosos. Los cogía con dos dedos, temblorosos, apestosos. Los miraba. Los devoraba.
La herida había invadido el muslo, que presentaba un color oscuro, un olor nauseabundo.
La fiebre volvió a devorarla.
La vida, ahora sí, consiguió abrirse paso, huir definitivamente de aquel infierno.
Ella, desnuda, en la cama, una herida, una pierna gangrenada, un recuerdo olvidado. Entre delirios. Grita. Gabriel abre la puerta huele a tabaco, a cerveza rancia, a sexo. Apesta a putas. Aquella sonrisa que la volvía loca cuando lo conoció, brilla rabiosamente en su cara.
Ella es encontrada cuatro meses después. Nadie ha notado su ausencia. Nadie ha denunciado su desaparición. No le ha importado a nadie.
Es encontrada muerta en su habitación. La policía no indaga las causas. La prensa obvia los detalles.
Sólo el olor a muerte alertó a los vecinos de la muerte de una mujer sola.

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Written on ene, 14, 2014 by in | 1 Comment.

La primera vez que le hinchó la cara a hostias, su madre se lo dejó muy clarito.
Mientras la nariz goteaba, tiñendo de rojo el linóleo de la cocina. La cabeza palpitaba, gritando el dolor y la rabia que la devoraba. El ojo, hinchado, cerrado. La tuerta en el país de los ciegos.
Mientras experimentaba estas sensaciones nuevas y nunca vividas. Su madre, despeinada, en bata y zapatillas, sentada a su lado. Acariciaba con suavidad su cabeza, intentando explicarle lo evidente. Que Gabriel, su marido, la quería. Que la amaba. Que por eso le había pegado. Por amor. Por puro amor. Un marido que no tiene celos, es un marido que acabará calentando la cama de otra, pero no la tuya. Mamá le recordó, ella nunca lo había olvidado, como su marido (mi padre, pensó en sollozos) también la había querido y también le había pegado alguna vez. Era ley de vida.

Por supuesto, aquella primera vez, no fue la última. Las hostias, las humillaciones y las patadas fueron parecidas. Las causas fueron cambiando. Los celos, despejaron sus nubarrones para dejar paso a las broncas por no saber llevar la casa como dios manda. Por los berrinches nocturnos de los niños. Por la presencia constante de su madre. Por motivos laborales. Económicos. Todas esas veces, su madre la consolaba. Daba igual que le hubiera partido el labio. Que le diera con el cinturón, con un palo…Mamá, siempre la sentaba en la cocina. La consolaba mientras las rosas crecían en el suelo inmaculado de la cocina y repetía el mantra. Gabriel te quiere, por eso te pega…si no se preocupase por ti, no lo haría…Gabriel te quiere…puro amor.

Pasaron los años y los motivos desaparecieron. Ahora le pegaba por que sí. Una noche le soltó un bofetón, simplemente porque el puto Cristiano Ronaldo falló un penalti. Se le quedó cara de boba y eso encendió, aún más la mecha. Como de costumbre se sentó en la cocina, en el suelo, ahora de terrazo, no quedaban las sangrantes manchas rojas. Tampoco su madre estaba para consolarla. Pero todavía podía oírla en su cabeza a punto de reventar…has alcanzado el amor puro, hija, ya no necesita razones, ahora te quiere siempre…Gabriel te quiere siempre…Gabriel te quiere siempre.

Pero un día Gabriel se fue. Se fue para no volver. Lo sabía. De allí no se vuelve. Nadie vuelve.

Una noche, muy borracho, llega a casa, dando tumbos. Como tantas veces. Como siempre. Huele a tabaco, a cerveza rancia, a sexo. Apesta a putas.
A oscuras, entra en la habitación.
Ya sabe lo que va a pasar. Su cuerpo, tan habituado. Está preparada.
Gabriel tropieza con sus zapatillas, colocadas al lado de la cama, exactamente encima de la marca dónde le ordenaba ponerlas. La cabeza de Gabriel se estrella contra la cómoda que su madre le había dejado en herencia.
Sólo una vieja cómoda y unos cuantos consejos sobre el amor puro. Gracias, mamá.
El ruido. Como a madera rota. Como a hueso roto.
Gabriel, con borbotones de sangre saliendo de su cabeza partida, saca una navaja y tira cuchilladas contra la forma que se acurruca debajo de las sábanas.
El acero atraviesa el colchón en varios puntos.
Un muelle sale disparado. Sería gracioso en otras circunstancias.
La mano de Gabriel ávida de amor, se eleva una última vez. La navaja ávida de sangre se hunde en su pierna. La primavera inunda las sábanas, amapolas rojas se extienden por la blancura impoluta del lecho maldito.
Gabriel aterriza en la moqueta, que sedienta, se empapa de su sangre.
Se queda inmóvil.
Al lado de la cama.
Gabriel se va. Se está marchando poco a poco. En un acto de amor le deja su herencia.
Sólo una herida profunda en la pierna y raudales de amor puro. Gracias, cariño.

(continuará…)

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