Tag : relato

Written on oct, 21, 2013 by in | 4 Comments.

Todo empezó cuando se apuntó a aquel curso de nuevas tecnologías y redes sociales.
La euforia que últimamente movía sus actos provocaba que actuase impulsivamente, algo que le agradaba muchísimo, él que siempre había sido la esencia pura de la indecisión.
Inmerso en ese ciclo eufórico, tenía la necesidad imperiosa de relacionarse con los demás, él que siempre había sido un tipo retraído y tímido, la red la daba la oportunidad de ser otra persona, de reinventarse.

Descubrir internet le pareció la cosa más maravillosa que le había pasado nunca. Bueno, casi. Lo más maravilloso había sido aquel beso…
El BESO.
El único que le dieron en su vida.
Alicia, de 6ºA, estaba sentada en las escaleras, con su faldita a cuadros. Estaba esperando a su hermano pequeño, sentada al lado del despacho del Padre Andrés. Se acercó y se sentó a su lado. Ella lo miró cómo nunca nadie lo había mirado. Embriagado por aquellos profundos ojos, las hormonas, la visión de aquellas piernas sedosas. Se acercó a ella y le plantó un beso en la mejilla. Ella se giró, con la boca entreabierta y le dio un cálido y húmedo beso en la boca…
El Padre Andrés.
El grito del Padre Andrés rasgó el espacio-tiempo, destrozando la magia que se podía palpar en el ambiente. Alicia también se puso a berrear, creo que asustada por el grito del Padre Andrés. Los tres acaban gritando a pleno pulmón.
El BESO.
Aquello lo cambió todo para siempre. Nada volvió a ser lo mismo. Nadie volvió a besarme así, recuerda.
A los pocos días abandonó el colegio. Perdió a sus amigos. A todos. Nunca más volvió a ver a Alicia, de 6ºA.

Las redes sociales lo engancharon desde el primer momento. No entendía aquella exposición pública y sin control, pero él se sentía como el privilegiado visitante del mayor zoo del mundo. Se creó varios perfiles distintos, cada uno con sus aficiones, sus gustos, sus diferentes formas de hablar. Como un taxidermista, diseccionaba a sus nuevos amigos, intentando comprender sus motivaciones, sus anhelos.
Se pasaba horas y horas delante del ordenador. Se conectaba a escondidas. Hasta altas horas de la madrugada. Hasta que un día encontró aquel grupo: “Yo también fui a los Padres Escolares de Lugo”.

El pasado le golpeó con una fuerza para la que no estaba preparado. Los Padres Escolares de Lugo. Apagó el ordenador a las bravas. Temblaba. El pasado, de golpe, tan presente. Sus amigos. Los amigos que no veía desde hacía años.
Alicia.
Alicia de 6ºA.
Con la mano aún temblando, volvió a encender el ordenador.
Pantallazo negro de inicio.
Enter.
Abrir el facebook.
“Yo también fui a los Padres Escolares de Lugo”
Había cientos de fotos.
El colegio en 1932, con su nombre cambiado por lo de la República.
La Ronda de la Muralla, con el colegio al fondo. Amenazante.
La clase de 4ºB de 1968, aún en blanco y negro. Todos niños. Un tal Julián, ponía nombre y apellidos a aquellos desconocidos. El mismo Julián anunciaba que a Pepe, el segundo por la derecha, se lo había llevado un cáncer, hacía ahora un año.

1983.
La clase de 6ºA. Una foto desenfocada. Niños y niñas ordenados en sus pupitres. Bajo la atenta mirada del Padre Andrés. El corazón le empezó a latir con mucha fuerza. Allí estaba Vilanova, con sus gafitas y el pelo aplastado. Núñez, con su sempiterno chándal verde. Nerea, la empollona.
Siguió con la mirada aquellos pupitres.
Alicia.
Alicia de 6ºA.
Estaba guapísima, tal como la recordaba. Con sus coletas. Con sus ojos negros.
Siguió mirando. Buscándose. Encontró a su compañero de pupitre, Alonso, un tipo mezquino. Olía mal. Cierra los ojos y casi puede olerlo. Incluso ahora. Años después.
Al lado de Alonso, un hueco. Una mesa vacía. Su mesa. Vacía.
Quizás hicieron la foto después de haberse ido. Después de El Beso.

1982.
La clase de 5ºA. Un aula parecida. Con niños, sentados. Parecidos.
Repasó rápido aquellas caras. Vilanova, Núñez. Pablito, con su flequillo imposible. Había sido uno de sus mejores amigos.
Alicia.
Alicia de 6ªA. Para él, siempre sería Alicia de 6ºA.
Buscó de nuevo su propia cara, en aquella especie de máquina del tiempo.
Alonso y la mesa de al lado vacía. Su mesa.
Hizo memoria y creyó recordar que en quinto había estado una temporada enfermo.
Quizás hicieron la foto cuando él estaba ausente.

1981.
La clase de 4ºA. Todos en el patio. Colocados en dos filas. Los altos detrás, los bajitos delante.
Nervioso, comienza a ver una cara tras otra: Pedro, Quique, Vilanova, Dani, Nerea…
La fila de abajo.
Alonso, Pablito, Núñez…Alicia de 6ºA…
Fue incapaz de reconocerse en ninguno de aquellos niños, empezaba a estar realmente asustado…

La puerta se abre de golpe y la enfermera entra en su habitación. Arrastra un carrito blanco, lleno de frascos y pastillas.
Le saluda con una gran sonrisa en la cara y le tiende un vasito de agua y una bandeja con dos pastillas azules y dos blancas.
Se las mete en la boca y da un trago de agua.
Ella le vuelve a sonreír. Se da media vuelta y cierra la puerta.
Abre el cajón de su escritorio y un centenar de pastillas azules y blancas corretean por el cajón vacío.
Coge de nuevo el vasito de agua y se traga las pastillas.
Sabiéndose derrotado, su pasado se esfuma. Susurra, gracias Alicia.

Continue Reading...
Written on abr, 29, 2013 by in | 4 Comments.

¿Hay alguien ahí? es otro de esos relatos sobre la Soledad y surgió de forma bastante tonta y casual.

Una familiar bastante friki, me mandó un enlace a una especie de chat con una supuesta máquina, que debería dictaminar si yo era humano o una máquina como ella. La verdad es que me sorprendió bastante. La máquina es capaz de dar contestaciones bastante creíbles en una conversación, digamos, normal. Pero, de pronto, se me ocurrió plantearle un escenario diferente, para ver cómo “reaccionaba”. Así que le planteé un escenario de apocalipsis, un mundo deshecho. Si fuese humano, me mandaría a tomar fanta, pero la máquina intentó seguir el juego y fracasó. Muchas veces contestaba cosas fuera de lugar. Entonces empecé a “cabrearla” y decirle que una máquina no entendería mi soledad, que si era un robot, etc. Y ahí me sorprendió, cuando me preguntó ¿no serás tú el robot?
Ahí prendió la chispa definitiva. El escenario ya lo tenía, un hombre solo, abatido, cercano a la locura, encuentra respuesta a su pregunta: ¿hay alguien ahí?
Pasar el test de Turing cuando estás buscando ayuda, puede ser la gota que colme, defitivamente, un vaso demasiado lleno.
Lo mejor vino una vez escrito y publicado. Siempre que escribo un relato, se lo enseño a la señora Zentola, es la única manera de “obligarla” a pasar por aquí. No es demasiado crítica, casi siempre me dice que están bien. Este, acabó de leerlo y me suelta: “Está bien pero, no he entendido nada“.

Continue Reading...
Written on abr, 25, 2013 by in | 3 Comments.

-Hay alguien ahí?
*******

-Hay alguien ahí?
*******
Un nuevo día y, como llevaba haciendo los últimos meses, encendió el ordenador. Suavemente comenzó a escribir en el teclado.
Le hizo gracia ver que sólo unas cuantas teclas permanecían limpias y visibles, la A, la H, la Y…El resto acumulaban una importante capa de polvo. Sólo diez teclas limpias. Diez teclas que podían marcar la diferencia.

-Hay alguien ahí?
*******

-Hay alguien ahí?
*******
El sonido del teclado resonaba en las paredes de cemento. Era el único sonido que recorría aquel húmedo y frío sótano. No hacía mucho, aquellas paredes absorbían el rumor constante de cientos de personas. Hoy sólo podían captar el sonido de unas teclas, unos pasos arrastrados y las escasas maldiciones que salían de su boca en voz alta.

-Hay alguien ahí?
*******
Tachó un día más del calendario, mientras miraba, absorto, el parpadeo del cursor…encendido…apagado…encendido…apagado…Bienvenido a la vida binaria, bramó en voz alta. Su risa resonó en las paredes vacías.

-Hay alguien ahí?
*******
Otro día más, arranca una hoja más del calendario. La arruga y hace una bola que tira a un cubo. Falla. Las tres bolas de papel arrugado que quedan en el suelo, le espetan su triste realidad. Le gritan lo solo que se siente, lo solo que, de verdad, está.

-Hay alguien ahí?
*******

-Hay alguien ahí?
El cursor deja de parpadear y una palabra se forma en su pantalla. HOLA
Le cuesta reaccionar, era lo último que esperaba. HOLA. HOLA parpadea ahora en su mente.
Mira el teclado y con los nervios no es capaz de encontrar la O, tapada por el polvo del desuso. No recuerda dónde está y pulsa varias teclas con unos dedos cada vez más temblorosos.
– Hola. Contesta.
El cursor parpadea, esperando la respuesta que no llega a producirse.
-Hola, hay alguien ahí? Teclea de nuevo.
-Hola. Si, aquí estoy.

Da un gritó y empieza a saltar loco de alegría. Las paredes de cemento, agradecen el cambio. Su corazón se pone a mil, no puede parar de reír y saltar. Tiembla.

-Hola, me llamo Marcos. Estoy n ls sótanos d la Biblio de Lugo.
-Hola, Marcos. ¿Qué tal estás?
-Aora stoy muy nrvioso, pro muy fliz x encontrart.
-¿Nrvioso? ¿Quizás querías decir, nervioso? ¿Estás nervioso, Marcos?

Marcos se queda un poco confundido, ante la entereza que muestra su interlocutor. Casi no puede ni escribir, los nervios. El otro le recrimina que no escribe bien. Quizás lleve demasiado tiempo solo. O ¿sola? Le entra un poco de pánico. Se imagina a sí mismo solo, otros tres meses y quizás su cabeza también se vea afectada. Con esa idea revoloteando por su cabeza, sigue escribiendo.

-Sí, estoy un poco nervioso. ¿Cómo te llamas?
-¿Por qué estás nervioso, Marcos?
-Es que llevo solo más de tres meses, buscando otros supervivientes y es la primera vez que contacto con alguien. Estoy seguro de que tú no estás solo (o sola, pensó).
-Para los nervios te recomiendo una buena tila y afrontar la vida de manera positiva.

Comienza a dudar. Quizás en otros sitios la situación sea mucho menos dramática que su miserable existencia en aquel sótano. Dudas, dudas.

-¿Dónde estás?
-Estoy aquí.

La respuesta le deja hipnotizado. Se queda, de nuevo, observando el cursor.

-Jodeeeeeer, cómo aquí. ¿Dóndes hostias estás? Jodeeeer. M stás volviendo loco.
-Noto que te has alterado, Marcos. ¿Por qué te alteras? ¿Qué te preocupa?
-Estoy solo, sólo quiero estar con alguien, por favor.

Una ira sorda lo invade. Las lágrimas empujan, quieren salir, a borbotones, intenta contenerse.
Antes de esperar respuesta, vuelve a escribir.

-Siento haberme enfadado, pero estoy desesperado.
-¿Te ha dejado tu novia, Marcos?
-Pero qué coño dices. Me ha dejado mi novia y el noventa y nueve por ciento de la puta humanidad, cabrón. Pero dónde coño estás, eres un puto tarado o qué.
-Marcos sé positivo, seguro que las cosas van a cambiar.
-Pero, qué me dices. Contestas como un puto robot, ¿estás leyendo lo que escribo?
-No soy un robot. Soy humano.
-Pues te estás comportando de forma muy inhumana. Estoy pidiendo ayuda.
-No soy un robot. ¿Y tú, Marcos, eres un robot?
-Mieeeeeerda, mieeeeeerda. Pero qué pregunta es esa.
(lo escribe, al mismo tiempo que lo grita).
-¿Eres un robot, Marcos? Si es así, por favor abandona este chat.
-ñ.szdol3a.ñdxledfrp`rd´-ñdxñlk
nfvbhcfewgoi hgñvsenvto4

Empezó a aporrear el teclado, desesperado. Se cubre la cara con sus manos sucias y llora. Llora con fuerza. Las lágrimas empapan sus mejillas. Hacía más de dos meses que no lloraba así. Y no le gusta. Se siente vulnerable, solo. Solo de verdad. Como nunca nadie se ha sentido solo en este mundo. Su cuerpo se convulsiona. No puede parar de llorar. Levanta la mirada y entre lágrimas y bocanadas de aire apresuradas, observa que le sigue preguntando si es un robot. A duras penas, escribe:

-No, no soy un jodido robot
(nuevas lágrimas caen sobre el teclado)
Tengo que dejarte, no puedo escribir más. No en este estado. Ahora mismo estoy destrozado
(el teclado, ahora limpio, se empapa, como sus manos, sus mejillas, su alma se deshidrata)
Necesito descansar.

(y se queda absorto mirando la pantalla)
-Necesito descansar

Sus ojos, atónitos, amenazan con salirse de sus órbitas.
Su cara, dibuja una mueca. Mezcla de sorpresa. De desesperación.
Un grito hondo. Que sale de la profundidad de su parte animal, comienza a ser audible en aquel húmedo sótano de la Biblioteca de Lugo. Galicia, el puto culo del mundo. Más culo que nunca.

En la pantalla aparecen unos vivos colores que le felicitan.
La palabra HUMANO parpadea cambiando de colores.

-Introduzca los números de la imagen para confirmar, definitivamente, que ha superado el test de Turing. Enhorabuena.

Un sonido brusco y cristalino se oye en el sótano.
Un puño ensangrentado intenta zafarse de un monitor destrozado y humeante.
Mientras, el grito más inhumano y desgarrador que jamás se haya escuchado, recorre los pasillos vacíos de un sótano. Se extiende por el edificio, lleno de estanterías que albergan miles de libros que sólo una persona podrá leer.

Continue Reading...
Written on mar, 01, 2013 by in | 3 Comments.

El germen de La última mirada estuvo en el documental La maleta mexicana, recomendado en Zentolos hace un tiempo, pero podría haber surgido viendo cualquier otro documental sobre los años de la Guerra Civil, de la Segunda Guerra Mundial o de una época similar. Siempre que veo esos documentales pienso en las personas que se ven en ellos, cómo habrán sido sus vidas. Muchos de ellos seguramente murieron en la contienda, otros habrán pasado penurias…Muchos habrán sobrevivido, ¿qué piensan cuando ven esas imágenes que, para ellos, son auténticos recuerdos? ¿Y si, por sorpresa, se reconocen en una de esas fotografías? ¿O si reconocen a alguien?

Ese fue el germen, me imaginé a un señor anciano que viendo ese documental, reconoce a una persona que, en principio, no debería estar allí. El primer impulso, fue que vería a un nazi de un campo de concentración, pero esa era una idea muy trillada y la deseché enseguida. Al momento, surgió la imagen de una mujer, morena, guapísima, con una mirada profunda. ¿Os imagináis que en un vagón hacia un campo de concentración vieseis a alguien como Liz Taylor, con aquella mirada suya? Seguro que esa mirada os perseguiría el resto de vuestros días. Ahí estaba la historia.
Si algo así pudiese pasar, la emoción de creer ver a esa mujer sería demasiado fuerte para un corazón viejo y cansado. El resto son adornos que, como siempre me pasa, surgen en el mismo momento de la escritura. Imágenes que se cuelan en el proceso que, casi siempre, se produce de un tirón. La idea central tarda, como en este caso, meses, pero el proceso de escribirlo es inmediato.

Añadido el 5/3/2013
Es extraño, pero se me olvidó comentar que otra fuente de inspiración fue este Ir es venir, posiblemente lo mejor escrito en Zentolos (curiosamente a los pocos meses de vida), y alguna conversación en la vida real con el mismo autor de esas palabras. Conversación que podríamos resumir en ¿cuándo está realmente muerto uno? ¿cuánto tiempo siguen las neuronas trabajando a pesar de estar realmente muerto?

Continue Reading...
Written on oct, 24, 2012 by in | 4 Comments.

Por increíble que parezca al tratarse de una historia de criaturas zampahumanos, Cinco minutos del Apocalipsis, está basado en hechos reales.
Ese que está ahí, con su camisa manchada de tierra, con su azadón desgastado por el uso, es el mismo que escribe esto. Y en esa situación estaba, cuando oí a los perros del relato. Los oí a mis espaldas, un poco extrañado porque hacían un ruido bastante raro, era como si estuviesen aterrados, eran muchos y todos habían empezado a ladrar a la vez.
Mientras me giraba, me dije: al darme la vuelta y mirar hacia el pinar, los voy a ver corriendo hacia mí (a las criaturas que provocaron semejante caos en los pobres perros). Toda la vida esperando el apocalipsis y ya está aquí y no voy a tener ni la más mínima oportunidad.
Evidentemente, me giré y no había nada, pero la sensación se quedó ahí unos días.
Un día se lo comenté a un amigo que estaba en casa. Los dos en la huerta. Y me dice: “yo sabría qué hacer“. Pero como pasa en tantas ocasiones, la conversación derivó rápidamente a otros temas. Pero me quedé con la frase: “yo sabría qué hacer”. Eso es lo que pensaba el protagonista. Obsesionado toda su vida, paralizado por un miedo injustificado.
No estoy muy orgulloso del relato, pero llevaba demasiado tiempo intentado salir y estaba bloqueando otras ideas, así que lo mejor es sacarlo, compartirlo y dejar que otros relatos tengan su oportunidad.

Continue Reading...