Tag : relato

Written on oct, 22, 2012 by in | 6 Comments.

En el mismo momento que oí aquella jauría descontrolada, mi cuerpo reaccionó sin pensar. Llevaba años preparándome para aquello. Desde la adolescencia había entrenado mi cuerpo y mi mente para cuando llegase un momento como aquel. Años de duros entrenamientos y privaciones. Años de meditación. Años de incomprensión. Simplemente para que, llegado EL momento, la reacción fuese inmediata, calculada, eficaz. Ser capaz de reaccionar de forma adecuada era la clave entre vivir o morir. Estaba preparado.
Oí los ladridos y aullidos de los perros, acompañado de los gritos de varias personas. Nunca antes había escuchado a unos perros ladrar así. Nunca antes había oído a unos hombres gritar horrorizados de aquella manera. Inmediatamente, reconocí lo que estaba pasando. En un segundo, todas las penalidades, sufrimientos y esfuerzos de los últimos veinte años pasaron por mi cabeza. Sonreí por última vez, orgulloso de mí mismo. La mente se vació, el cuerpo se relajó. El yo agazapado había tomado el mando.
Remangué la camisa, manchada de tierra. Sequé el sudor de la frente que amenazaba con llegar a los ojos. Levanté el azadón, oxidado, gastado de trabajar la tierra durante años. Muy despacio, me volví hacia el pinar próximo. Estaba saboreando el momento. Los alaridos, que venían de aquella dirección, cesaron por completo. Los palurdos que durante años me habían hecho la vida tan difícil, los vecinos y sus malditas denuncias, las zorras que siempre me miraban por encima del hombro, ya no están aquí. Se han ido. Sus cuerpos mutilados yacerán cerca de sus casas.
Qué sentimiento de… ¿victoria?
Por un instante, el miedo intenta filtrarse, como se filtra el agua en el hormigón armado. Una mínima vacilación, muy humana. Perdonable. Mis ojos intentan ver en la oscuridad del pinar. Creo percibir un movimiento en las sombras. Un segundo después, cuatro seres putrefactos corren hacía mí, moviendo sus mandíbulas ensangrentadas. Coloco mi cuerpo. Coloco mi mente. Dejo que se acerquen, pero son tan rápidos.
Demasiado rápidos, susurro en voz alta.

Todas las lecturas que durante años había hecho sobre ellos eran falsas. Todas las creencias firmemente asentadas, se tambalean. Las dudas carcomen los pilares de mi existencia. Me tiemblan las piernas. Están muy cerca y el hedor es indescriptible. Mi cuerpo, quiere echar a correr. Mi mente, hace rato que ha volado. Me han dejado solo. Después de años y años de duros entrenamientos y meditación, de privaciones e incomprensión. Estoy solo.
Completamente vencido, suelto el azadón hacia la primera de la criaturas. El acero de la hoja brilla, cruza silbando el cielo azul, y… fallo. No hay segunda oportunidad. Se abalanzan sobre mí.
No he sido capaz de vivir ni cinco minutos en el apocalipsis.

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Written on oct, 10, 2011 by in | Leave a comment

Abrió el sobre de papel marrón. La mano temblorosa extrajo de su interior el número de mayo de la revista Science. Estaba convencido de que 1967 quedaría marcado en su historial científico como el año en el que la revista científica más prestigiosa del mundo había aceptado uno de sus artículos.

Abrió la revista, buscando atropelladamente el artículo para ver impreso su nombre. Su búsqueda alocada, unida a su torpeza habitual, hizo que la revista se le fuera de las manos y cayera al suelo. La recogió y no pudo evitar leer el título del artículo de esa página: ¿Cuánto mide la costa de Inglaterra? El enigmático título captó toda su atención. Empezó a leer y olvidó de cobrarse el tributo que su ego reclamaba. Descubrió que la regla para medir tenía influencia en la medida. Extasiado, miró su reloj y mentalmente comezó a dividir los segundos en unidades menores de tiempo Comenzó a medir su tiempo en milisegundos, en picosegundos, en attosegundos…

Abrió la puerta de la eternidad de par en par. Dio un paso adelante. Sigue siendo 1967.

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Written on jun, 14, 2011 by in | 2 Comments.

Una de las cosas que más me llama la atención del proceso creativo, dicho con la máxima humildad, es el momento en el que salta la chispa. Ese momento mágico en el que surge una historia. Una semilla plantada que, poco a poco, empieza a crecer. Como todas las semillas, necesitan cuidados y no todas germinan. Algunas, por mucho que las cuides, se secan por el camino; otras brotan con tanta fuerza que son imparables.
Los que sois habituales, lectores constantes, deberíais saber que uno de mis escritores favoritos es Stephen King y seguro que sus zarpas se pueden ver en más de un relato. Del mismo modo que, si buceamos por su literatura, vemos a Poe a Lovecraft asomando por las esquinas, ¿quién puede ser 100% original?
Pero no es de influencias de lo que quiero hablar. Quiero hablar de cómo surge una historia y para ello, vuelvo a King. En muchos de sus libros de relatos más o menos largos, tiene una sección en la que intenta contar de dónde salen las ideas. Es un apartado que siempre me pareció fascinante. Es como una especie de puerta secreta, que el autor deja entreabierta para que asomemos un poquito por su mente.

Así que, cómo surgió Un gran día.
Detrás de la Estación de Autobuses, lugar sórdido donde los haya, hay una pequeña peluquería de caballeros, alejada del concepto de glamour que en la actualidad venden estos establecimientos. Hace unos años tenía a dos peluqueros trabajando, pero últimamente sólo veo a uno de ellos. El local es pequeño, viejo, pero sin la gracia de lo antiguo, se ve caduco. La clientela suele ser mayor, viejos clientes de toda la vida, que por rutina siguen yendo al mismo sitio. La semana pasada, pasé por delante de la peluquería. Eran aproximadamente las cuatro. Las luces estaban apagadas, las cortinas ligeramente corridas y sentado en el sillón, de espaldas a la puerta, el peluquero con su uniforme de trabajo. La imagen me llamó la atención de forma brutal. ¡Bang! Ahí hay una historia. Ya me lo imaginé muerto. La pérdida paulatina de clientes, la mayoría de ellos perdidos por defunción, la crisis, el negocio que se desmorona.
Durante días, la imagen del barbero sentado en su propio sillón no se iba de la cabeza. Regresaba pidiendo que contara su historia. Un día lo vi leyendo el ABC y escuchando la radio. Otro día estaba aburrido y apenas trabajó. Sin embargo, faltaba algo. Algo que redondeara la historia. El chispazo final vino cuando vi al hombre poner, él mismo, el letrero de cerrado por defunción. Una imagen aterradora, llena de simbolismo. Ya estaba. Sólo faltaba acabar de escribirla, crear al personaje del señor Jesús y dar un poco de ambiente. Para eso visité un foro dedicado al ¡afeitado!, Foroafeitado.
En apenas dos horas quedó listo para sentencia. Buena o mala, eso queda en vuestras manos.

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Written on jun, 13, 2011 by in | 6 Comments.

Sacó de su bolsillo la llave, casi oxidada y rasgó con gesto preciso el precinto policial. Aprovechó el movimiento para abrir la puerta de la barbería. A pesar de haber hecho este mismo acto durante los últimos treinta y cinco años, el pulso le traicionó. Lo intentó de nuevo y es que no todos los días uno sabe que será el último que haga ese sencillo y rutinario gesto. Abrió la desvencijada puerta, recogió los periódicos atrasados del suelo, encendió las luces y el vetusto polo de barbero comenzó a girar por última vez.

Se acercó al pequeño armario, sacó su mandilón azul. Se lo abrochó cuidadosamente, percibiendo el suave e inconfundible siseo de la tela. Sacó sus zuecos azules a juego. Se miró al espejo, alisó el uniforme y asintió convencido de que hoy, sería un gran día.

Como todos los días encendió la radio y la inconfundible voz de Jiménez Losantos lo inundó todo. Se dirigió, arrastrando los zuecos, hacia la mesita del fondo. Abrió el periódico, como siempre, por la última página. Lo primero que leía era la programación, ver qué película emitían cada noche era una rutina obligada. Aunque con el plan que tenía para hoy, era muy probable que esta noche no se sentara delante del televisor con Tinkypinky ronroneando en su regazo. Esa idílica imagen le provocó una tristeza desoladora, por lo inesperada. Intentando controlar el temblor de sus manos, siguió leyendo el periódico, mientras Losantos seguía machacando a ZP, a Rajoy y a quien se le pusiera por delante.

Las señales horarias anunciaron las diez de la mañana y dieron paso al parte de noticias. Sólo hablaban de desgracias, millones de parados, la crisis, un acidente en Teruel, los números de la primitiva del sorteo del jueves…Mientras escuchaba los números -4, 8…- se levantó y se dirigió hacia el sillón. Sacó la navaja de afeitar y comenzó a repasarla contra el suavizador. El sonido ahogó los últimos números -23 y 42- y la calma llegó a su mente. Ese gesto, era un mantra para él. 50 veces para adelante, 50 para atrás. El sonido cambiaba al pasar la navaja por el fieltro. 50 veces adelante, 50 veces atrás. En estado hipnótico, dejó la navaja reluciente en la mesita. Tomó la bacía y la limpió cuidadosamente. Tomó la última pastilla de MYRURGIA y con la brocha comenzó a trabajar el jabón hasta conseguir una estupenda espuma. En ese mismo instante, a sus espaldas, la puerta chirrió, una sonrisa iluminó su cara, como cada viernes el señor Jesús aparecía puntual a su cita barbera.

Con movimientos lentos, se desembarazó del pesado abrigo de pana, se estiró el traje negro impoluto, posó las gafas de pasta en la mesita, al lado del lavabo y se sentó haciendo un ostentoso quejido.
– Qué tal le van las cosas señor Jesús. ¿Qué hacemos hoy?
– Qué va a ser hombre, qué va a ser. Si llevamos treinta años haciendo lo mismo.

Este era el único diálogo que habían mantenido durante más del mil semanas, porque en cuanto se sentaba, el señor Jesús se volvía sordo, ciego y mudo. Sólo quería disfrutar de uno de los pocos placeres que aún le quedaban.
Comenzó a extender la espuma por la cara, tomó la Imperial y comenzó a rasurar aquella cara llena de arrugas. Arrugas propiciadas por una existencia complicada. Arrugas de la guerra, del hambre, de la prisión. Esta arruga profunda era la pérdida de su hija. Esta otra había sido la muerte de su mujer. Después estaba la cicatriz, recuerdo imborrable que cada mañana le recordaría que él había sido el único superviviente.

Las cosas no podían ir mejor. A pesar de haberlo planificado durante noches en vela, ni en sus mejores sueños podía imaginar que su último trabajo sería el afeitado del señor Jesús. Las cosas no podían ir mejor…
Se despistó. Sumergido en sus ensoñaciones, la mano se desvió un milímetro de su trayectoria y provocó un corte en la arrugada cara del señor Jesús, que dejó escapar un lastimero bufido. Se miraron y ninguno dijo nada. El afeitado continuó como si nada hubiera pasado.
Cogió la toalla caliente y le limpió la cara. Le aplicó un generoso chorro de Thayers, le dio unas palmaditas y el señor Jesús abrió los ojos, se miró al espejo, un lado y el otro, asintió satisfecho y se levantó del sillón. Cogió su abrigo de pana, metió la mano en el bolsillo. Apartó el tabaco que el médico le había prohibido y sacó la cartera.
En ese momento, el barbero le cogió la mano y cuidadosamente se la volvió a introducir en el bolsillo y como en un impulso, abrazó al señor Jesús. Apenas fue un roce. Apenas un segundo. Se miraron a los ojos y sin decir palabra el señor Jesús cogió el pomo de madera de la puerta de la barbería y salió al exterior.

Se quedó mirando en el quicio de la puerta, mientras el señor Jesús se alejaba calle abajo.
Cerró la puerta por dentro y colgó el letrero que había encargado la semana pasada. CERRADO POR DEFUNCIÓN. En letras blancas sobre fondo negro. Apagó la radio, las luces. Apagó el polo que dio una última vuelta hasta detenerse.
Se sentó en el sillón, aún caliente, respiró el aroma de la espuma, del Thayers. Abrió la navaja.
Sin duda había sido un gran día.

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Written on ene, 04, 2011 by in | 6 Comments.

Oigo campanas. Tocan a muerto.
Y esta vez, doblan por mi.

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